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En un pueblecito alegre y lleno de colores, entre campos de trigo y árboles floridos, vivía una pequeña ratita llamada Xinxeta. Era pequeña, de bigotes rizados y con unos ojitos vivos y brillantes.
Un buen día, mientras paseaba cerca del mercado del pueblo, oyó a unos campesinos que decían:
—¿Sabéis que hay un queso mágico escondido en el granero viejo? ¡Se llama el Queso de la Sabiduría y quien lo coma se volverá muy inteligente!
Al oír esto, Xinxeta saltó de alegría.
—Si consigo este queso, ¡seré la ratita más lista del bosque! —pensó.
Pero el camino hasta el granero no era fácil. Para llegar, había que cruzar el prado de los gatos dormilones, pasar por el puente de los cuervos mirones y esquivar los ratones glotones que también querían un trozo.
Xinxeta, muy decidida, empezó la aventura.
Primero, caminó de puntillas por el prado de los gatos dormilones. Todo iba bien hasta que una hoja crujió bajo su patita… ¡Miau! Un gato abrió un ojo. Pero Xinxeta, astuta, rodó como una bola y se escondió tras una seta.
Después, llegó al puente de los cuervos mirones.
—¿Dónde vas, ratita? —le preguntaron con voz grave.
—¡A buscar el queso mágico! —respondió.
Los cuervos, risueños, le dijeron:
—El más sabio no es quien tiene más queso, sino quien sabe compartirlo.
Xinxeta no entendió demasiado la frase, pero continuó su camino.
Cuando finalmente llegó al granero viejo, encontró el Queso de la Sabiduría. ¡Desprendía un olor delicioso! Pero justo cuando estaba a punto de morderlo… vio a muchos otros ratones hambrientos que también habían hecho el viaje.
Xinxeta recordó las palabras de los cuervos y, en vez de comerse el queso sola, decidió compartirlo con los demás.
¿Y sabéis lo que pasó? ¡Todos descubrieron que la verdadera sabiduría no era comerse el queso mágico, sino ayudar a los demás y hacer amigos por el camino!
Desde ese día, Xinxeta ya no quería ser la más lista, sino la más generosa y feliz.


