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Bruna, de cinco años, y su hermano Blau, de tres, esperaban con ilusión la cabalgata de Reyes. La plaza mayor estaba llena de niños con sus familias. Había luces de colores, estrellas colgadas y una magia que parecía cosquillearles en la punta de los dedos.
En el centro se alzaba un reloj tan grande como un edificio. Pero… ¡no tenía agujas!
— ¡Mira, Blau! ¡Qué reloj tan raro! —dijo Bruna.
De pronto apareció en el balcón del ayuntamiento un personaje curioso: el Relojero. Llevaba un tocón de árbol por sombrero y tenía una nariz enorme. Sonreía misteriosamente.
— ¡Hola, niños! Los Reyes deben salir a las seis en punto, ¡pero el reloj no tiene agujas! Sin ellas no sabrán cuándo es la hora.
— ¿Qué podemos hacer? —preguntó Bruna, fascinada.
— Necesitamos al Buscagujas. Si gritáis su nombre a la de tres, aparecerá para colocar las agujas y dar cuerda al reloj.
Los niños se miraron con los ojos muy abiertos.
— Uno, dos, tres… ¡BUSCAGUJAS!
Como por arte de magia apareció un autómata con bigote y una gran llave. Colocó las agujas con cuidado y dio cuerda al mecanismo. Tic-tac, tic-tac… ¡El reloj empezó a funcionar!
El Relojero regresó al balcón y se rascó la enorme nariz.
— Ya son las seis… ¡pero las campanas no suenan! Si no las oyen, los Reyes no sabrán que deben salir.
— ¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Blau, un poco inquieto.
— ¡Necesitamos a los Martilladores!
A la de tres, todos gritaron:
— ¡MARTILLADORES! ¡MARTILLADORES!
Aparecieron tres autómatas rarísimos y divertidos. En su número de teatro se daban golpecitos en la cabeza con martillos de juguete cada vez más grandes. Todos se reían tanto que no podían dejar de mirarlos.
— ¡Ahora sí! —anunció el Relojero—. ¡Con suficiente ruido sonarán las campanas y los Reyes sabrán que ha llegado su momento!
Cloc, cloc, cloc… El sonido recorrió la plaza. De repente, los Reyes Magos aparecieron en carrozas llenas de luces y regalos. Todos se quedaron boquiabiertos. Bruna y Blau aplaudieron con tanta fuerza que se les pusieron rojos los dedos.
La plaza se llenó de música, risas y la emoción de haber ayudado a poner en marcha aquel reloj mágico.
— ¡Ha sido la mejor cabalgata de mi vida! —dijo Bruna.
— ¡Y de la mía! —añadió Blau, abrazándola.
Gracias al Buscagujas, a los Martilladores, al Relojero y a todos los niños, los Reyes salieron puntuales. La noche se llenó de magia, alegría y carcajadas.


