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En una granja apartada vivía un burro viejo y cansado. Había trabajado sin descanso durante años, pero su amo decidió que ya no le servía y pensó en llevarlo al matadero. Cuando el burro escuchó aquel plan, se entristeció, aunque no perdió las ganas de vivir.
—Este no puede ser mi final —pensó—. Después de tanto esfuerzo, todavía puedo encontrar un nuevo propósito.
Así que escapó de la granja y puso rumbo a Bremen, con la ilusión de convertirse en músico.
Por un camino polvoriento encontró a un perro de caza abandonado, que caminaba con la cabeza baja.
—Mi amo dice que soy demasiado viejo para cazar —le contó con tristeza.
El burro lo escuchó y tuvo una idea:
—¿Por qué no vienes conmigo a Bremen? Podemos formar una banda. Quizá la música nos ayude a empezar de nuevo.
El perro aceptó, animado por el entusiasmo de su nuevo amigo.
Más adelante conocieron a un gato que también había tenido que huir de su casa. Su dueña creía que, por ser mayor, ya no valía para nada. El burro y el perro lo invitaron a acompañarlos.
—Con nosotros tendrás amigos y una aventura por delante —le dijeron.
El gato, al ver una nueva oportunidad, se unió a ellos con gratitud.
Finalmente encontraron a un gallo muy preocupado. En su granja querían convertirlo en sopa.
—¡He despertado a todo el mundo durante años y ahora quieren comerme! —protestó.
—Pues vente con nosotros —respondió el burro—. Una voz como la tuya le vendrá muy bien a nuestra banda.
Una música que espanta a los bandidos
Los cuatro siguieron hacia Bremen, pero el camino era largo y anocheció antes de llegar. Mientras buscaban dónde descansar, vieron una luz a lo lejos y se acercaron con cuidado. El burro miró por la ventana de una casa y descubrió a unos bandidos disfrutando de una cena abundante.
Los animales se reunieron para pensar. Querían ponerse a salvo y encontraron una idea ingeniosa: juntar sus voces para hacer un ruido tan fuerte que los ladrones huyeran asustados.
El burro rebuznó, el perro ladró, el gato maulló y el gallo cantó. Desde dentro, aquel estruendo parecía venir de una criatura enorme y desconocida.
—¿Qué es eso? —gritó un bandido.
—¡La casa está embrujada! —exclamó otro.
Los ladrones salieron corriendo. Los cuatro amigos entraron, compartieron la cena y buscaron un rincón donde dormir. Por primera vez en mucho tiempo se sintieron tranquilos y acompañados.
Más tarde, uno de los bandidos regresó de puntillas. Pero el gato saltó sobre él y lo arañó, el perro lo mordió, el burro soltó una coz y el gallo lanzó un canto atronador. El ladrón huyó convencido de que había encontrado brujas, monstruos y fantasmas.
Cuando contó su experiencia, los demás decidieron no volver nunca. El burro, el perro, el gato y el gallo se quedaron en aquella casa y formaron una nueva familia.
No llegaron a Bremen, pero encontraron algo que deseaban todavía más: un hogar, amigos que los valoraban y una vida en la que aún había lugar para la música.
Su historia nos recuerda que todos podemos aportar algo y que la amistad y la colaboración abren caminos incluso cuando el futuro parece difícil.


