Mar sabía guardar una tormenta dentro de un bote.
Lo había descubierto el día en que su mejor amiga cambió de escuela. En lugar de llorar, respiró profundamente, imaginó que la tristeza era una lluvia gris y la encerró en un bote de mermelada.
Luego guardó la rabia de un examen injusto en una botella de zumo. El miedo a dormir fuera de casa fue a parar a un frasco azul. La vergüenza de caer delante de todo el mundo quedó dentro de un bote tan pequeño que cabía en el bolsillo.
Los escondía en el altillo.
—Qué niña más tranquila —decían los adultos.
Mar sonreía. Nadie oía los truenos que resonaban sobre el techo.
Con el tiempo, el altillo se llenó. Algunos botes sólo contenían niebla. Otros temblaban cada vez que alguien abría la puerta.
Una tarde, su hermano pequeño rompió sin querer la maqueta que Mar había construido durante semanas.
Ella notó una enorme tormenta. Buscó un recipiente, pero todos estaban llenos. Probó una jarra, una fiambrera e incluso una pecera vacía.
La tormenta no cabía.
Mar subió corriendo al altillo. Los botes empezaron a vibrar. La tristeza picaba el cristal. La rabia encendía rayos. El miedo giraba como un remolino.
Un tapón salió disparado.
Luego otro.
En pocos segundos, el altillo se llenó de viento, lluvia y relámpagos. Mar se acurrucó detrás de un baúl.
Su abuela escuchó el ruido y subió.
—¡Vete! —gritó Mar—. ¡Es peligroso!
La abuela se sentó en el suelo. No intentó tapar los botes.
—¿Qué tormenta es esa? —preguntó.
—La de Iris, que se marchó.
Nada más decirlo, la lluvia aflojó.
—¿Y ese rayo?
—El del examen injusto.
El rayo se convirtió en una chispa pequeña.
Pasaron una hora poniendo nombre a cada temporal. La vergüenza se volvió una niebla fina. El miedo siguió soplando, pero ya no tumbaba nada. Algunas tormentas necesitaban palabras; otras, un abrazo o un rato de llanto.
Cuando terminaron, el altillo no estaba seco ni perfectamente ordenado. Pero podía respirarse.
—¿Qué hago con los botes? —preguntó Mar.
—Los puedes conservar —dijo la abuela—, pero no tienes que cerrarlos sola.
Desde entonces, Mar aún recogía tormentas. Ahora escribía el nombre y la fecha, dejando los tapones un poco flojos.
Algunas tardes subía al altillo con la abuela. Abrían una ventana, destapaban un bote y dejaban que lloviera el tiempo necesario.
Después, entre las nubes, siempre quedaba espacio para ver un pedazo de cielo.


