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Paula tenía cuatro años y unos ojos curiosos que siempre querían descubrir cosas nuevas. Le gustaba jugar en el parque, escuchar cuentos antes de acostarse y dar abrazos largos. Pero, a veces, Paula no entendía por qué no todo el mundo era igual.
Una mañana soleada, mientras paseaba con su familia, vio una puerta pequeña y de colores escondida detrás de un árbol. En la puerta había un letrero que decía:
«Bienvenidos al jardín de los corazones diferentes»
Paula, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta… y entró en un mundo mágico.
Dentro del jardín había flores de todos los tamaños y colores. Algunas eran altas y fuertes, otras bajitas y delicadas. Algunas necesitaban mucha agua y otras crecían bien con poca.
—¿Por qué no son todas iguales? —preguntó Paula.
Una flor azul le respondió con voz suave:
—Porque si todas fuéramos iguales, el jardín sería aburrido. La diferencia nos hace especiales.
Más adelante, Paula oyó risas. Vio a un grupo de niños y niñas jugando, pero no todos jugaban de la misma manera. Algunos corrían muy rápido, otros caminaban poco a poco. Un niño no hablaba demasiado, pero se expresaba con sonrisas. Una niña llevaba unas gafas muy grandes y otra escuchaba con unos aparatos en sus oídos.
Paula quería jugar con ellos, pero sintió algo de miedo.
—No sé si sabré jugar como ellos… —pensó.
De repente, una niña le dio la mano y le dijo:
—¿Quieres jugar con nosotros?
Empezaron a jugar a pasarse un corazón de tela rojo. No era necesario correr ni hablar mucho, sólo pasar el corazón con cuidado y mirarse a los ojos.
Pero, de repente, el corazón cayó al suelo y se rasgó un poco.
Todos los niños permanecieron en silencio.
—Oh no… —dijo Paula—. ¿Y ahora qué haremos?
Un niño sonrió y dijo:
—Cuando un corazón se rompe, el mejor remedio es el amor.
Cada niño hizo algo: uno cosió el corazón, otro lo limpió, una niña le dio un abrazo y Paula le besó. El corazón volvió a estar entero… y más fuerte que antes.
En ese momento, el jardín empezó a brillar. Las flores bailaban con el viento y una voz dulce dijo:
—Habéis aprendido la lección del jardín:
todos somos diferentes, pero todos necesitamos amar y ser amados.
Paula sonrió muy contenta. Cuando regresó a casa, sabía que nunca olvidaría ese jardín.
Y desde ese día, siempre que veía a alguien diferente, recordaba el jardín de los corazones diferentes… y abría su corazón con amor.
Cuento contado, cuento terminado.


