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Cuento escrito por Teresa Sala Bernaus Una fantasía ambientada en un mundo imaginario, donde los hechizos y las curas mágicas pertenecen al cuento.
El canto del gallo despertó a Èvelin. Abrió sus inmensos ojos negros y vio los primeros rayos de sol del día que entraban en su habitación. Miró por la ventana y vio el gallo que cantaba sobre la valla del huerto. Al otro lado, las cabras pastaban al aire libre. Su padre estaba ordeñando una cabra y su madre echaba maíz a las gallinas, para que comieran.
— ¡Buenos días! —gritó desde la ventana.
Bajó hasta el establo y acarició a dos cabritas recién nacidas, a las que llamaba cariñosamente: «Blanqueta y Pigada». Su madre le pidió que le ayudara a recoger los huevos. Èvelin sujetaba la cesta de mimbre, mientras su madre cogía los huevos que habían puesto las gallinas y los depositaba dentro de la cesta, con mucho cuidado para no romperlos. Èvelin vio que una gallina se ponía sobre unos huevos.
—Mamá, debajo de esta gallina hay más huevos —alertó a su madre.
— Estos los dejamos para que salgan polluelos —respondió su madre con una sonrisa ante el entusiasmo de Èvelin.
− Riega las flores del jardín, mientras yo hago hervir la leche y preparo el desayuno —le dijo su madre, después de coger la cesta con los huevos y dirigirse hacia las cabras que su marido acababa de ordeñar, para vender la leche a los vecinos del pueblo.
Èvelin se apresuró a coger la manguera y a regar todas las flores del jardín: las rosas, las margaritas, las petunias, los tulipanes… Tenía cuidado de no mojar la colmena, para no molestar a las abejas; sabía que eran necesarias porque recogían néctar para elaborar miel y ayudaban a polinizar las flores y, si ella no las molestaba, era mejor observarlas con calma y mantener la distancia.
Cuando entró en casa, su madre ya le había preparado un vaso de leche con miel y una tostada de pan untada con mermelada, que habían elaborado con melocotones recogidos del campo.
Al terminar el desayuno, Èvelin ayudó a su madre a limpiar los utensilios de cocina y fue al baño donde se lavó y peinó. Se quitó el pijama, se vistió con un pantalón corto y un jersey, hizo su cama y salió para ir a jugar con sus amigos. En la plaza del pueblo, se encontró con Iris e Iván, y juntos fueron
hacia la montaña. Cuando estuvieron cansados de correr, bebieron agua de la fuente que brotaba entre las rocas y se tumbaron sobre la hierba, para contemplar los aviones que surcaban el azul del cielo.
— Últimamente hay un nuevo avión —exclamó Iván.
– Es cierto. Éste es diferente; vuela más bajo y deja más humo que los demás —añadió Èvelin.
Al cabo de un buen rato, se levantaron para volver al pueblo y vieron un coche negro que se dirigía hacia la casa de Èvelin. Del coche bajaron dos hombres vestidos de negro y hablaron con sus padres. No le dieron mayor importancia y bajaron hacia el pueblo siguiendo con sus juegos.
Al día siguiente, Èvelin entró en la cocina para desayunar y vio que su madre, en vez de hervir la leche como hacía todos los días, sacó una botella de plástico de la nevera, de la que echó la leche en un vaso.
— ¿Por qué has puesto la leche en esta botella, mamá? —preguntó extrañada.
—Los gobernantes de este reino han cambiado las normas y ahora debemos entregar la leche a los comerciantes —respondió su madre—. Tendremos que averiguar por qué.
— ¿Por qué? —preguntó Èvelin, aún más sorprendida.
-No sé. Dicen que es porque no nos pongamos enfermos por beber leche sin hervir —respondió su madre, encogiéndose de hombros.
Èvelin no dijo nada, pero seguía tan sorprendida y extrañada como antes.
Durante las vacaciones, Èvelin y sus amigos iban cada día a jugar a la montaña, desde donde veían a sus padres trabajar y cuidar el campo. Un día, volvieron a ver el coche negro acercarse al pueblo y de su interior salieron los hombres vestidos de negro, que estuvieron mucho rato hablando con sus padres.
Cuando se fueron, Èvelin y sus amigos bajaron hasta los árboles frutales donde trabajaba su padre, para preguntarle qué les habían dicho.
— ¿Qué querían esos hombres? —le preguntaron.
—Los árboles frutales han cogido una enfermedad y nos han vendido productos para curarlos —respondió su padre.
Los niños se dirigieron al pueblo y, al llegar a la plaza, vieron a muchos adultos hablando.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Iris a su madre.
— Aquellos hombres nos han vendido unas semillas para el campo que crecen más rápido y producen más frutos. Gracias a ellos, ganaremos más dinero y nos haremos ricos —le respondió entusiasmada.
Al escuchar esto, Iris, Èvelin e Iván empezaron a dar saltos de alegría.
— ¡Ricos, ricos! ¡Seremos ricos! —gritaban con los brazos en alto, riendo a carcajadas.
Las semanas fueron pasando, y Èvelin y sus amigos tuvieron que volver a la escuela.
Èvelin ya había hecho todos los deberes antes de cenar. Cuando terminó de comer, besó de buenas noches a sus padres y se dirigió a su habitación para leer un cuento antes de dormir.
—Recuerda limpiarte bien los dientes para que no tengas caries
—le advirtió su madre.
Al día siguiente, la profesora les dijo que iban a realizar una excursión por el campo para recoger latas y envases de plástico. Les explicó que cada vez se utilizaban más recipientes de plástico y que mucha gente les dejaba echados en el campo. La maestra dio una bolsa de basura a cada alumno y salieron a recoger todos los envases que encontraron.
Se sorprendieron al ver la gran cantidad de plástico que habían echado junto al camino. Iban recogiendo todos los residuos y los metían en la bolsa de basura. La maestra les dijo que era muy importante lanzar los plásticos a un contenedor para poder reciclarlos.
— Si éstos llegan al río o al mar, desprenden sustancias tóxicas que ingieren los peces y podrían llegar a enfermarnos, al comer pescado contaminado.
Èvelin escuchaba a la profesora mientras observaba con tristeza las orillas del río llenas de plásticos.
Llegó Navidad y, con ella, el invierno. Èvelin estaba entusiasmada porque iban a comer a casa de los abuelos. Se levantó con dolor de estómago, pero no dijo nada por miedo a que su madre la hiciera quedar en la cama. Al ver a los abuelos, les dio un fuerte abrazo y se sentó a su lado durante la comida. El dolor de vientre iba aumentando y, al final, tuvo que decírselo a su madre. La metieron en la cama y, al ver que empeoraba, la llevaron al médico. Éste le hizo unas pruebas y le dio un medicamento.
Al volver al pueblo, supo que otros niños también estaban enfermos: a unos les dolía la barriga como a ella, a otros les costaba respirar, otros tenían fiebre… Los médicos les hacían pruebas y cada vez les daban medicamentos nuevos para curarlos. Las madres no entendían que les ocurría, cada vez había más niños enfermos.
La madre de Èvelin se acordó de una bruja que vivía en el bosque. Los habitantes del pueblo decían que era mala, que era una mujer muy rara y hacía magia negra. Pero la madre de Èvelin no creía todo lo que decía la gente, y esperaba que pudiera ayudar a los niños, junto con quienes ya los cuidaban. Se adentró en el bosque, sin recordar muy bien dónde vivía la bruja. Estuvo horas caminando y tenía miedo a pasar la noche sola en el bosque. Ya estaba anocheciendo, cuando vio una casita blanca. Dudó un momento antes de llamar a la puerta. «Y si la gente del pueblo tiene razón y me hace algo malo», pensó con espanto. Pero enseguida volvió a su mente la imagen de su hija enferma y golpeó la puerta sin pensar en otra cosa. Abrió una señora de mediana edad, con una sonrisa en los labios. La invitó a entrar en su hogar y, antes de que la madre de Èvelin le contara el motivo de su visita, la bruja le dijo que ya sabía que venía a pedir ayuda para los niños del pueblo. La bruja le explicó que los hombres de negro le obligaron a vivir en el bosque y empezaron a hablar mal de ella a la gente del pueblo.
— ¿Por qué hicieron esto? —preguntó, sorprendida, la madre de Èvelin.
—En este reino, los hombres de negro han lanzado un hechizo que enferma el bosque y sus habitantes. Quieren vender falsas soluciones para enriquecerse. Mi abuela me enseñó una magia distinta: la de cuidar la tierra y ayudarnos entre todos —explicó el hada.
— ¿Puedes hacer algo para ayudarnos? —preguntó la madre de Èvelin.
—Mañana vendré a acompañaros. Los médicos seguirán cuidando de tu hija. En este cuento puedo preparar una pócima de rocío y luz de estrellas y ofrecerle un hechizo de consuelo. Es magia de nuestra historia, no un remedio del mundo real.
Tal y como prometió, al día siguiente la bruja se presentó en casa de Èvelin.
Para que no se asustara, su madre le dijo que le había venido a visitar un hada para curarla. Cuando Èvelin vio al hada, quedó admirada por su belleza y amabilidad. Ésta le puso las manos sobre la cabeza y pronunció un hechizo de luz, posible sólo en aquel mundo de fantasía. Èvelin cerró los ojos y notó un suave cosquilleo sobre la cabeza, que empezó a bajar por el resto del cuerpo, calmando el dolor y dejándola profundamente dormida.
Al salir de la vivienda, el hada se encontró a los habitantes de la villa, que gritaban que no la querían en el pueblo. La madre de Èvelin la defendió diciendo que había venido a ayudar a su hija.
— ¿Tú cómo sabes que quiere curarla? ¿Y si le hace un hechizo para que se ponga más enferma? —gritaba la multitud.
— Dadle una oportunidad. Mi hija está muy enferma y necesita que todos la cuidemos — les suplicó la madre.
Los vecinos se miraron entre sí y accedieron a la petición.
El hada siguió visitando a Èvelin cada día y, poco a poco, fue mejorando hasta recuperar la salud.
La gente del pueblo no podía creer lo ocurrido. Pidieron disculpas al hada y le solicitaron ayuda para sus hijos.
Al cabo de unos meses, todos los niños del pueblo estaban sanos y la voz de lo sucedido se extendió por otras villas, que pidieron ayuda al hada.
Antes de irse, el hada quiso despedirse de Èvelin y de su madre.
—Tú fuiste la única persona que confió en mí y quiero mostrarte todos mis secretos para que puedas ayudar a otras personas —le dijo el hada a la madre de Èvelin y empezó a enseñarle toda su sabiduría.







