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Había una vez un gigante llamado Bernat que vivía en un castillo enorme. A su alrededor se extendía un jardín tan hermoso que todos se detenían a admirarlo. Los árboles daban frutas dulces, las flores tenían mil colores y la hierba era tan verde y suave que parecía terciopelo.
Pero Bernat era egoísta y no permitía que nadie entrara. Construyó un muro altísimo y colocó un cartel: «Prohibida la entrada. Los intrusos serán perseguidos». Los niños del pueblo, que antes jugaban felices entre los árboles y las flores, tuvieron que buscar otro lugar.
Después llegó el invierno. Cuando la primavera empezó a despertar el resto del mundo, algo extraño ocurrió: el jardín de Bernat siguió cubierto de nieve. Los árboles no daban fruta y las flores no podían abrirse. Parecía atrapado en un invierno interminable.
—¿Por qué no viene la primavera a mi jardín? —se preguntaba el gigante.
No comprendía que, al expulsar a los niños, también había alejado la alegría que llenaba aquel lugar.
La primavera vuelve al jardín
Un día escuchó risas y voces. Se asomó a la ventana y vio que los niños habían encontrado un hueco en el muro y estaban jugando dentro. Con ellos había regresado la primavera: los árboles florecían y la hierba estaba más verde que nunca.
Bernat sintió algo nuevo: la felicidad de compartir. Salió corriendo, pero los niños se asustaron al verlo y empezaron a huir.
—¡Esperad! —les pidió—. ¿Queréis ser mis amigos? Podéis venir a jugar siempre que queráis. Este jardín también es para vosotros.
Desde aquel día, el jardín se convirtió en un lugar de encuentro. Bernat había aprendido que guardar toda la belleza para sí mismo lo había dejado solo. Al compartirla encontró compañía y alegría.
Y con los niños corriendo y jugando entre las flores, su jardín fue más hermoso que nunca.


