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Cuenta la leyenda que, en una tierra lejana, había un reino llamado Montblanc. Sus prados eran verdes y el cielo parecía siempre azul. Pero sus habitantes no podían vivir tranquilos: cerca de allí se escondía un dragón terrible.
Era tan grande que, cuando volaba sobre las casas, su sombra cubría el pueblo. Tenía alas enormes y escamas más duras que la piedra. De su boca salían llamas capaces de quemar cuanto encontraban a su paso.
Los vecinos estaban aterrados. El rey, desesperado, creyó que solo lograría calmarlo si le entregaba cada día a una persona. Por eso organizó un sorteo que llenaba de tristeza todas las mañanas de Montblanc.
Un día salió elegido el nombre de la princesa, la hija del rey. Todos la querían por su bondad y lloraron su suerte. Su padre ofreció oro y tierras a quien pudiera salvarla, pero nadie se atrevía a enfrentarse al dragón.
El caballero y la rosa
Entonces apareció un caballero llamado Jorge, conocido como Jordi en esta leyenda. Llevaba una armadura brillante y montaba un caballo blanco como la nieve. Prometió ayudar a la princesa y liberar al pueblo de aquella amenaza.
Al día siguiente, cuando el dragón salió de la cueva en busca de comida, Jorge lo esperaba con la lanza preparada. Se enfrentó a él con valentía. Tras una lucha intensa consiguió alcanzarlo en el corazón y poner fin a su reinado de terror.
De la sangre del dragón brotó un rosal cubierto de rosas rojas. El caballero escogió la más hermosa y se la ofreció a la princesa como símbolo de cariño y valor.
Montblanc celebró la noticia con música, canciones y fiestas. El rey quiso recompensar a Jorge con todo lo que pidiera, pero él solo deseó que el pueblo quedara libre de futuros tributos y pudiera vivir en paz.
Desde entonces, la historia de san Jorge y el dragón ha viajado de generación en generación. La rosa recuerda el gesto del caballero, y la leyenda sigue invitándonos a hablar de la valentía, la solidaridad y el deseo de proteger a los demás.


