En un pequeño pueblo vivía un dragón muy especial. No era feroz ni temible: era amable, risueño y siempre quería ayudar. Un día decidió sorprender a sus amigos con un pastel gigante de chocolate, fresas y nata.
Al principio todo parecía ir bien, pero pronto los huevos se le escurrieron entre las garras, la harina cubrió la cocina y la nata se desbordó hasta dejarlo lleno de crema. El dragón se sintió frustrado y triste.
—¡Solo quería preparar algo bonito para mis amigos! —suspiró con una pequeña llamarada.
En aquel momento pasó por allí su amigo el erizo. —¿Qué te ocurre? —preguntó.
—El pastel no sale como quería. Estoy enfadado… y también un poco triste —confesó el dragón.
El erizo le puso una pata en el hombro. —Es normal sentirse así cuando algo importante resulta difícil. Puedes pedir ayuda. Y los errores también nos dan la oportunidad de aprender y reír.
El dragón aceptó su ayuda. Mezclaron los ingredientes con calma, se rieron de los pequeños tropiezos y terminaron el pastel juntos.
Cuando llegaron los amigos, todos quedaron maravillados. El dragón comprendió que las emociones son como los ingredientes de una receta: algunas son dulces, otras intensas, pero todas nos cuentan algo. Con paciencia, amistad y la valentía de aceptar lo que sentía, había superado el problema.


