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Montclar era un pequeño pueblo escondido entre montañas de la provincia de Tarragona. Cada verano se preparaba para uno de sus acontecimientos más esperados: la gran bajada de vehículos caseros. Niños y adultos construían sus propios vehículos y descendían por la empinada calle principal. Daba igual que fueran rápidos o divertidos: lo importante era participar.
Arnau y su pandilla llevaban semanas trabajando. Con cajas viejas, ruedas de bicicleta y un volante hecho con un plato de cocina, habían construido el Relámpago, un vehículo bastante resistente. Su mejor amigo, Pau, también participaba. Era muy ingenioso y siempre encontraba mejoras. Incluso había modificado su propia silla de ruedas para que fuera más rápida y ágil.
—¡Con estas ruedas grandes seguro que ganamos! —dijo Pau, ajustando las últimas piezas.
También estaba Eva, que acababa de llegar al pueblo y ya tenía fama de ser una manitas. Ayudó a diseñar la forma del vehículo para que avanzara mejor, usando unos parachoques viejos encontrados en un almacén.
Llegó el día de la carrera y Montclar se llenó de fiesta. Las familias se reunieron en la plaza y los vehículos esperaban en la salida con formas y colores extravagantes. Uno parecía un barco pirata, otro tenía alas de avión y hasta había uno con forma de dinosaurio.
Cuando llegó el turno del Relámpago, Arnau, Pau y Eva se prepararon. Pau había decidido bajar con su silla especial, siguiendo al equipo desde atrás.
—¡Todo listo! ¡Vamos! —gritó Eva entusiasmada.
Con un fuerte impulso empezaron a bajar por la calle empedrada. Arnau manejaba el volante y Eva indicaba cómo equilibrar el peso. El público aplaudía y los animaba durante el recorrido.
A mitad de camino surgió un problema: una piedra hizo que una rueda del Relámpago perdiera velocidad.
—¡Podemos hacerlo! —gritó Pau, acercándose en su silla.
Con habilidad se situó a su lado y les dio un suave empujón que los ayudó a recuperar el movimiento. Los espectadores los animaron aún más, encantados de ver cómo colaboraban sin dejar que un contratiempo los detuviera.
Al llegar a la meta todos estallaron en aplausos. No fueron los primeros, pero su espíritu de equipo y su manera de ayudarse les valieron un premio especial: el de mejor colaboración y diseño.
Aquella tarde, mientras el sol se ocultaba tras las montañas de Montclar, celebraron el resultado con un helado, orgullosos de su trabajo.
—Lo que cuenta es que lo hemos hecho juntos —dijo Pau, sonriendo mientras dirigía su silla hacia la fuente.
—¡Y que nos lo hemos pasado genial! —añadió Eva.
Desde entonces, la pandilla se convirtió en un ejemplo de cómo las distintas habilidades de cada persona podían hacer de cualquier proyecto un éxito, incluso de un vehículo hecho con cajas y bicicletas viejas.


