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La estrella de Navidad de Durro
En el pintoresco pueblo de Durro, en la Alta Ribagorça, la plaza mayor se llenaba de vida y alegría cada Navidad. Los vecinos la adornaban con luces, guirnaldas y un gran árbol en el centro. Pero aquel año estaba a punto de ocurrir algo muy especial.
María, una niña curiosa y soñadora, vivía en una casita de piedra con tejado de pizarra, típica del pueblo. Esperaba con entusiasmo el momento de colocar la estrella en lo alto del árbol. Según la leyenda, aquella estrella, visible desde el campanario románico, concedía un deseo a quien la mirara con el corazón lleno de ilusión.
Una tarde de invierno, mientras los copos cubrían suavemente las calles empedradas, los vecinos se reunieron para colocarla. Al abrir la caja descubrieron que estaba rota. Todos se desilusionaron, especialmente los niños, que esperaban verla brillar en el cielo de Durro.
Al ver aquellas caras tristes, María decidió que no podían quedarse sin la magia de su estrella. Corrió a casa por las callejuelas nevadas y buscó materiales para hacer una nueva. Miró en la cocina, en la despensa e incluso en el viejo taller de su abuelo, pero no encontraba cómo sustituirla.
Finalmente se sentó junto a la ventana y observó la nieve. Entonces tuvo una idea. Abrió su cuaderno de dibujo y diseñó una estrella única. Con cuidado la recortó en un papel dorado del taller de su abuelo y pegó pequeños trozos de espejo para que reflejaran la luz y la hicieran brillar.
Con la estrella terminada y llena de esperanza, volvió corriendo a la plaza. Los vecinos la miraron sorprendidos y curiosos. Decidida, subió a una escalera y, con las manos algo temblorosas por el frío y los nervios, puso la estrella de papel en lo alto del árbol.
Durante unos instantes la plaza quedó en silencio. ¿Podría aquella pequeña estrella iluminar la noche como la de siempre? En ese momento sopló una brisa suave desde las montañas. Los trocitos de espejo comenzaron a reflejar las luces navideñas tendidas entre las casas de piedra. La estrella brilló con una luz cálida y mágica que llenó los corazones de alegría y esperanza.
Los niños aplaudieron. Los vecinos sonrieron con los ojos brillantes de emoción. La plaza de Durro se llenó de magia y todos comprendieron que la verdadera estrella de Navidad era también la luz que cada uno llevaba en el corazón.
Aquella Navidad, María aprendió que, cuando las cosas no salen como esperamos, el cariño y la creatividad pueden ayudarnos a hacer algo aún más especial. Su estrella de papel se convirtió en un nuevo símbolo navideño de Durro y recordó a los vecinos todo lo que podían crear con imaginación e ilusión.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


