Floc era una nube llena de agua.
Las otras nubes llovían así:
¡Chaparrón! ¡Chaparrón! ¡Chaparrón!
Floc lo probaba, pero sólo le salía una gotita torcida.
—¡Llueve más fuerte! —le decían.
Floc empujaba la barriga. Fruncía los bordes. Pensaba en truenos enormes.
Nada.
Cada día pesaba más.
Debajo de él, un campo de margaritas esperaba el agua. Una pequeña flor levantó la cabeza.
—No hace falta que lluevas como los demás —dijo—. ¿Cómo llueves tú?
Floc no lo sabía. Dejó de apretar y escuchó todo lo que llevaba dentro: la tristeza de no poder, el miedo a decepcionar y las ganas de ayudar.
Entonces cayó una gota azul.
Después, una verde.
Y una amarilla, y una rosa, y cien gotas pequeñas que bajaban bailando.
No hacían un gran chaparrón. Hacían una lluvia lenta y de colores.
Las margaritas se abrieron.
—Esta es tu manera —dijeron.
Floc se volvió ligero. Y siempre que volvía a pesarle el corazón, ya no le obligaba a hacer ruido.
Lo dejaba llover.


