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En el fondo de un bosque que aún olía a invierno, bajo una capa de hojas secas, vivía una semilla pequeña llamada Lila.
—Aún no es hora… —susurraba, bien acurrucada.
Fuera, el Sol empezaba a calentar la tierra con los rayos dorados. Los pájaros afinaban la voz y el riachuelo volvía a cantar después de meses de silencio. La primavera había llegado.
—¡Lila! ¡Despierta! —gritó un gusano simpático mientras movía la tierra—. ¡El mundo vuelve a empezar!
Pero Lila tenía miedo.
—¿Y si no soy suficientemente bonita? ¿Y si el viento me rompe? ¿Y si nadie me mira?
El Sol, que lo sentía todo, calentó un poco más ese pedazo de tierra.
—No todas las flores deben ser las más altas ni las más llamativas —dijo con voz suave—. Cada flor tiene su momento y su sitio.
Con un pequeño esfuerzo, Lila estiró una pequeña raíz. Luego otra. Y una mañana, cuando el rocío brillaba como diamantes, se asomó fuera.
El bosque era inmenso. Los árboles se llenaban de brotes verdes, las abejas comenzaban su danza y una mariposa se detuvo justo sobre ella.
—¡Oh! —dijo la mariposa—. ¡Eres la primera flor de este rincón!
Lila no era la mayor ni la más colorida. Pero era valiente. Y gracias a ella, otras semillas perdieron el miedo.
Esa primavera, el bosque no sólo floreció de colores… también floreció de coraje.
Y cada año, cuando llega la primavera, el bosque recuerda que todo comienza con un pequeño acto de valentía.


