Un lunes apareció una silla amarilla en medio de la plaza.
No tenía dueño. Tampoco tenía mesa.
La señora Mercè se sentó allí para abrocharse el zapato.
Pau la utilizó para llegar a un balón atrapado en un árbol.
Samira dejó una caja con tres gatitos mientras les buscaba casa.
Cuando llovió, la silla quedó empapada. Al día siguiente, el carpintero de la calle la secó y le arregló una pata.
—¿De quién es? —preguntaba todo el mundo.
Nadie lo sabía.
El viernes, una niña nueva se sentó en la silla. Miraba cómo jugaban los demás, pero no se atrevía a acercarse.
Pau trajo otra silla. Samira, una caja. La señora Mercè, un taburete.
Al cabo de un rato, habían hecho un círculo.
—¿Cómo te llamas? —le preguntaron.
—Núria.
Aquella noche, el carpintero pintó una frase en el respaldo amarillo:
«Silla de quien la necesite.»
Y la silla siguió sin tener dueño.
Pero ya nunca estaba sola.


