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En un prado lleno de flores de todos colores había una colmena muy trabajadora.
Allí vivían muchas abejas: Bruna, Peca, Voladora… y también Marina, una abeja pequeña con alas brillantes.
Todas las mañanas, cuando el sol salía, todas las abejas salían a buscar néctar.
—¡Zum, zum! ¡A trabajar! —decía la abeja reina.
Las abejas visitaban flores amarillas, azules y rojas, y volvían a la colmena con las patitas llenas de polen.
Pero Marina tenía un pequeño problema.
Cuando encontraba una flor muy dulce, pensaba:
—Esa es sólo mía.
Y no decía nada a las demás abejas.
Un día encontró un campo enorme lleno de amapolas y lavanda.
Había néctar para hacer muchísima miel.
Marina llenó las patitas, la espalda e incluso la cabeza… pero no avisó a nadie.
—Si lo cuento, todas vendrán —pensó.
Aquella noche, cuando todas las abejas volvieron a la colmena, las demás estaban algo cansadas.
—Hoy hemos encontrado pocas flores… —dijo Bruna.
Marina no dijo nada.
Pero al día siguiente ocurrió algo raro.
Un viento fuerte movió todas las flores del prado… y el campo que había encontrado Marina ya no estaba.
Las amapolas habían perdido los pétalos y la lavanda se había inclinado.
Marina se quedó muy triste.
—Si lo hubiera compartido… habríamos hecho mucha miel todas juntas —suspiró.
Entonces Bruna le puso una patita en el hombro.
—En la colmena, el secreto es trabajar en equipo.
Ese mismo día, mientras volaban, la Peca gritó:
—¡He encontrado un almendro lleno de flores!
Y esta vez, Marina hizo lo más importante de todo:
—¡Zum, zum! ¡Venid todas! ¡Hay néctar para todas!
Las abejas rieron, volaron y trabajaron juntas hasta que la colmena quedó llena de miel dorada.
Y Marina descubrió algo muy dulce:
la miel compartida siempre sabe mejor.


