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Todo el mundo conoce la leyenda de Sant Jordi.
Pero casi nadie ha preguntado nunca al dragón qué pensaba.
El dragón se llamaba Flamarada. Y no siempre había vivido enojado.
De pequeño, cuando estornudaba, quemaba sin querer los árboles de alrededor. Cuando reía, salían chispas. Y cuando lloraba… el humo hacía toser a todo el mundo.
Los aldeanos empezaron a tenerle miedo.
—¡Es un monstruo! —decían.
Pero Flamarada no quería ser un monstruo. Sólo quería amigos.
Un día intentó acercarse al pueblo para ofrecer ayuda: había visto a un lobo cerca de los rebaños. Pero cuando apareció volando, todo el mundo huyó gritando.
Triste y confundido, se refugió en la cueva.
Si todos pensaban que era terrible… quizá debía actuar como un dragón terrible.
Empezó a rugir para que le dejaran tranquilo. Exigió comida para que nadie se acercara a él. No quería hacer daño… sólo quería que dejaran de tenerle miedo.
Hasta que un día apareció un caballero: Sant Jordi.
No temblaba. No huía. Le miraba a los ojos.
—¿Por qué haces esto? —preguntó.
Flamarada, sorprendido, no respondió con fuego. Respondió con lágrimas que echaban humo.
—¿Y si te dijera que no sé ser diferente?
Sant Jordi dejó la espada en el suelo.
—Quizás no hace falta que seas diferente. Quizás sólo hace falta que el pueblo te escuche.
Ese día no hubo una batalla como explican los libros. Hubo una conversación.
Flamarada prometió vigilar los bosques y proteger al pueblo de los peligros reales. Y los aldeanos prometieron no juzgar antes de conocer.
Dicen que del lugar donde cayó una de las lágrimas del dragón nació una rosa roja.
Y por eso, cada 23 de abril, cuando celebramos Sant Jordi, regalamos rosas y libros.
Para recordar que las historias tienen más de un punto de vista.
Y que incluso un dragón puede tener un gran corazón.


