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Hace mucho, mucho tiempo, en un pequeño pueblo escondido entre las montañas de Cataluña, vivía un campesino llamado Pau. Era muy trabajador y sus campos estaban llenos de trigo, verduras y flores. Los vecinos se preguntaban cómo conseguía que todo creciera tan hermoso.
Un día, mientras trabajaba con su gran sombrero de paja y las botas llenas de barro, un amigo le preguntó:
— Pau, ¿cuál es tu secreto? ¿Cómo haces para que todo crezca tan bien?
Pau se puso colorado y sonrió con picardía.
— Quizá tengo un truco muy especial… ¡pero no es demasiado elegante contarlo!
El amigo se echó a reír. Pau bromeaba con que hasta él mismo podía abonar los campos cuando hacía caca. Era una ocurrencia de esta historia, que después inspiraría una figurita muy divertida. Lo que de verdad hacía Pau era cuidar la tierra, regar cuando correspondía y trabajar con constancia.
Cuando llegó la Navidad, Pau y su familia montaron un precioso belén. Colocaron al niño Jesús, a María, a san José, a los pastores y a las ovejas. Incluso hicieron un río con papel de aluminio que brillaba como si fuera de verdad. Pero, al contemplarlo, Pau pensó:
— Falta algo… algo especial.
Entonces tuvo una idea. Modeló con barro a un campesino como él, con los pantalones bajados, haciendo sus necesidades en el campo. Lo escondió detrás de una montañita de musgo. Cuando sus hijos lo descubrieron, ¡soltaron una carcajada!
— ¡Papá! ¿Qué hace ese campesino haciendo caca en el belén? —preguntaron con los ojos muy abiertos.
Pau respondió con una seriedad que apenas podía mantener:
— Este es el caganer. En nuestro cuento representa la buena suerte y una tierra fértil. Es una manera de recordar la naturaleza y el trabajo de quienes cultivan los campos… ¡con una sonrisa!
Los niños no acababan de entenderlo todo, pero cada vez que miraban la figurita se reían un poco más. ¿Y sabéis qué pasó después? Los vecinos visitaron el belén de Pau y descubrieron al pequeño personaje. ¡La idea les encantó! Tanto, que hicieron sus propios caganers y los añadieron a sus belenes. La noticia corrió de pueblo en pueblo.
Con los años, en los belenes aparecieron caganers de todas clases: panaderos, campesinos, futbolistas, cantantes y hasta reyes y reinas. Y se mantuvo una costumbre muy divertida: esconder la figura detrás de un arbusto o una montañita para que los niños pudieran buscarla como en un juego.
Así, cada Navidad, encontrar al caganer les regalaba un momento de risa. También les recordaba la importancia de cuidar la tierra, trabajar con dedicación y poner un poquito de humor en la vida.
Y así termina esta leyenda imaginada sobre una figura singular de la Navidad catalana.


