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En un pueblo rodeado de bosques dorados, había un roble muy viejo que cada otoño se desnudaba de sus hojas, como si se sacara un abrigo después de un largo día.
Pero ese año, una de las hojas, pequeña y rojiza, no quería caer.
—¡No quiero irme! —gritaba la hoja, balanceándose en la rama.
—Todas tenemos que caer algún día —le respondían las otras hojas, que ya volaban con el viento como mariposas cansadas.
—¡Pero yo quiero ver la nieve! ¡Quiero saber cómo es el invierno!
El viento, que lo oía todo, hizo un suspiro largo y suave:
—Pequeña hoja, si te quedas demasiado tiempo, el frío te hará daño…
Pero la hoja no quería oír razones. Quería vivir más, ver más, ser distinta.
En el pueblo, una niña llamada Laia pasaba cada tarde junto al roble. Le gustaba mirar cómo cambiaban los colores del bosque, como si alguien pintara los árboles cada noche. Un día vio aquella hoja resistente y pensó:
—¡Mírala! ¡Aún aguanta! Es valiente, como yo cuando salgo sin chaqueta.
Cada día, Laia le decía “hola” a la hoja, como si fuera una amiga. Y cada día la hoja temblaba un poco más, pero se aferraba con fuerza.
Hasta que una mañana, después de una noche de hielo, el sol salió lento y frío. El viento volvió, muy suave, y susurró:
—Ahora sí, es hora de descansar.
La hoja, cansada, pero tranquila, se soltó. Voló dando vueltas por el cielo, y —como si el viento lo hubiera planeado— cayó justo a los pies de Laia.
Ella la recogió con cuidado y la puso en su cuaderno de escuela.
—Ahora sí que verás la nieve —dijo—, porque vendrás conmigo.
Y así, la hoja que no quería caer descubrió que dejarse llevar no es perder, sino encontrar un nuevo sitio donde vivir.


