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Emma tenía ocho años y siempre miraba a los pájaros cuando pasaban por el cielo. Le gustaba ver cómo abrían las alas y despegaban sin esfuerzo. Un día dijo:
—“Yo también quiero aprender a volar.”
Su padre le sonrió y le explicó que las personas no tenían alas, pero que había otras formas de sentirse como un pájaro. Así que un sábado fueron juntos a la pista de un pequeño aeroclub.
Allí, un monitor amable les enseñó un parapente amarillo y azul.
—“Esto no son alas de pájaro, pero cuando se hinchan con el aire, también pueden volar”, dijo.
Emma abrió los ojos de par en par. Le daba un poco de miedo, pero también mucha ilusión. El monitor le puso un casco y le contó paso a paso qué debía hacer: correr fuerte, confiar y dejarse llevar por el viento.
Cuando llegó el momento, Emma notó el corazón latiendo muy rápido. Corrió con todas las fuerzas, sintió cómo el parapente se llenaba de aire y, de repente… ¡sus pies ya no tocaban el suelo!
—“¡Estoy volando!”, gritó, mientras el viento le silbaba en las orejas.
Desde arriba, vio las casas pequeñas, los campos verdes e incluso un río que brillaba como de plata. Se sentía libre y valiente. Cuando aterrizó, todos aplaudieron.
El padre le dijo orgulloso:
—»Has aprendido a volar, Emma. Pero no sólo con el parapente. Has aprendido que cuando tenemos miedo, si damos un paso adelante y confiamos, podemos descubrir cosas maravillosas.»
Ese día Emma entendió que volar no quería decir tener alas, sino atreverse a hacer lo que parece imposible.


