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En un sitio muy, muy pequeño, tan pequeño que no podemos verlo con los ojos, había un mundo lleno de vida, que para verlo se necesita un microscopio.
En este lugar, vivían muchos amigos pequeñitos. Su casita era redonda y transparente, como una pequeña ventanilla mágica. En su interior había un suelo, la placa de Petri muy especial, que era como una gelatina, suave y brillante, donde podían crecer y jugar. Allí dentro, vivían las bacterias, unas eran redonditas, otras alargadas, y todas juntas formaban pequeñas manchas de colores con formas diferentes. Era como un mundo diminuto, que sólo podía verse bien con una herramienta muy especial, el microscopio.
Uno de esos amigos era Micro Mico. Era azul, más pequeño que los demás y muy curioso y le gustaba mucho comer. Siempre quería más.
También vivía allí el honguito Flop él era: blanco, suave como una nube y muy amable. Siempre ayudaba a los demás y le gustaba compartir.
Todos los días vivían tranquilos y muy contentos. Un día llegó mucha comida para todos. Todos estaban muy contentos.
-Qué bien- dijo el Micro Mico-. -¡Comeré mucho, mucho, muchísimo! ¡Y creceré más rápidamente!-.
El Micro Mico empezó a comer y comer sin cesar. No pensó en los demás. El honguito Flop se le acercó y le susurró:
-Micro Mico, ¿podemos compartir?-. Pero Micro Mico, no quiso escucharlo y casi se comió toda la comida él solito. Los demás se quedaron con muy poca comida y mucha hambre.
El honguito Flop estaba triste y con hambre, así que se quedó quieto en un rinconcito. La placa de Petri ya no era tan alegre como antes. Algunos amigos murmuraban, otros estaban enfadados, y el silencio se hacía cada vez más grande…
Los compañeros también estaban disgustados. Ya no jugaban ni reían como antes.
Sin embargo, Micro Mico seguía comiendo sin darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor.
Al cabo de un rato, Micro Mico, empezó a encontrarse mal. Tenía la barriga demasiado, demasiado llena, y estaba muy cansado. Miró a su alrededor y vio al honguito Flop y a sus compañeros apartados y en silencio. Entonces se puso a pensar, y por fin, entendió lo que había hecho mal.
-Lo siento- dijo con voz bajita. He sido un poco egoísta y no he querido compartirlo. Los compañeros le escucharon en silencio.
Micro Mico les prometió que la próxima vez pensaría en los demás, antes que en sí mismo. Cuando al cabo de unos días volvió a llegar comida a la placa de Petri, Micro Mico, enseguida dijo: -¡Compartimos entre todos! y creceremos juntos!- Esta vez él mismo ayudó a repartir. El honguito Flop y sus compañeros sonrieron, se dieron un abrazo, y poco a poco todos volvieron a crecer contentos.
Y así, en esa placa de Petri, los microorganismos aprendieron que compartir y respetarse hacía que todo funcionara mejor. Desde ese día, la placa brillaba llena de vida y colores, y todos vivían contentos, recordando que cuando cuidamos a los demás, nos cuidamos también a nosotros y al lugar donde vivimos.
¡Y catacric, catacrac, el cuento de los microorganismos ya ha terminado!
Escrito por:
Chisom Okafor, Soukaina Tabaanant, Malak Elbodani, Kaouthar Elmesaoudi
Instituto de Vic
Departamento de química
Curso 2025-2026
QUD0 Laboratorio de análisis y control de calidad


