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Polpet era un pulpo pequeño de color melocotón que vivía en una rendija del fondo del mar. Durante el día le gustaba jugar entre las algas, contar burbujas y hacer cosquillas a los peces con sus ocho brazos.
Pero cuando el sol empezaba a desaparecer, corría a casa.
—¡Ya llega la oscuridad! —decía.
Polpet encendía ocho farolillos, uno para cada brazo. Dormía con los ojos bien abiertos y, si un alga rozaba la roca, se escondía bajo una manta de arena.
Una tarde, su amiga Ona, una tortuga tranquila, le propuso ir a ver la danza de las medusas.
—Solo bailan cuando sale la luna —explicó.
—¿De noche? —preguntó Polpet.
—Sí. Echan una luz preciosa.
Polpet quería verlas, pero sólo con imaginar el mar oscuro las patas se le hacían un nudo.
—No puedo —dijo.
Ona no se rió.
—Tener miedo no significa que no puedas venir. Podemos ir despacio.
Cuando el cielo se volvió violeta, los dos amigos salieron. Polpet llevaba los ocho farolillos colgados.
—Podrías apagar uno —sugirió Ona.
Polpet apagó uno. Todo continuaba en su sitio.
Pasaron por el prado de algas. Apagó otro. Las algas se movían suavemente, como si saludaran.
Llegaron a la roca redonda. Apagó otros dos. Entonces vio a una estrella de mar que brillaba un poco.
—Nunca la había visto —dijo.
—De día, la luz del sol esconde algunas maravillas —respondió Ona.
Más adelante oyeron un ruido:
Chof, chof!
Polpet se aferró al caparazón de Ona.
—¿Qué es esto?
Esperaron en silencio. Detrás de una roca apareció un caballito de mar que arrastraba una concha demasiado grande.
—Sólo era alguien que volvía a casa —dijo Ona.
Polpet respiró hondo. Apagó otros dos farolillos.
Ahora sólo quedaban dos.
El camino se adentraba en una zona que no conocía. El pequeño pulpo notaba el miedo en la barriga, pero también sentía curiosidad.
—¿Puedo tener miedo y continuar? —preguntó.
—Claro —dijo Ona—. Ser valiente no es dejar de tener miedo. Es avanzar pese al miedo, cuando sabemos que estamos seguros.
Polpet apagó el séptimo farolillo. Con el último en la mano, llegó hasta un claro submarino.
Al principio sólo vio oscuridad.
Entonces, una medusa encendió una luz azul.
Luego otra brilló de color rosa.
Y otra, de color verde.
En un instante, decenas de medusas bailaban como farolillos vivos. Subían, bajaban y giraban al ritmo de las corrientes. Todo el mar parecía lleno de estrellas.
Polpet abrió los ocho brazos de sorpresa.
—¡Es lo más bonito que he visto nunca!
Apagó el último farolillo.
La oscuridad no desapareció, pero ya no parecía vacía. Había la luna sobre el agua, las medusas brillantes, los sonidos de los animales y el caparazón seguro de Ona a su lado.
De vuelta a casa, Polpet sólo encendió un farolillo para encontrar la entrada de la rendija.
Esa noche cerró los ojos. Cuando un alga rozó la roca, pensó en el caballito de mar y en la danza de las medusas.
—Buenas noches, oscuridad —susurró.
Y la oscuridad, llena de pequeñas luces que antes no sabía ver, le ayudó a dormir.


