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Hace mucho tiempo vivía una niña llamada Lluna. Durante el día era muy valiente, pero cuando llegaba la noche sentía algo extraño en el pecho que le hacía temblar las manos y las piernas. Era el miedo. Cada noche imaginaba que un monstruo de sombras se escondía bajo su cama o detrás de la puerta del armario.
Una noche, después de que sus padres la arroparan y apagaran la luz, vio una sombra grande y oscura moviéndose por la habitación. Asustada, se tapó la cabeza con las mantas y cerró los ojos con fuerza. Pero esa vez la curiosidad pudo más que el miedo y decidió averiguar de dónde venía la sombra.
Abrió los ojos poco a poco y vio cómo se acercaba lentamente.
—¿Quién eres? —preguntó con voz temblorosa.
Para su sorpresa, una voz suave y ronca respondió:
—Soy el monstruo de las sombras, pero no tienes que tenerme miedo.
Lluna sintió un escalofrío, aunque aquella voz no sonaba demasiado aterradora.
—¿Por qué no debería tener miedo?
El monstruo suspiró.
—Porque las sombras no son malas: solo son sombras. Yo existo porque temo que nadie me vea, que me ignoren. Cuando la gente se asusta, me hago grande y oscuro. Pero si me miras bien y me hablas, me vuelvo pequeño e inofensivo.
Lluna pensó en sus palabras. Hasta entonces siempre lo había visto como algo desconocido y terrible. Ahora que hablaban, ya no parecía tan espantoso. Decidió afrontar su miedo y encendió una pequeña lámpara junto a la cama.
Al encenderse la luz, el monstruo cambió. La gran sombra oscura se convirtió en una figura pequeña e inofensiva. ¡Parecía más la sombra de un conejito que un monstruo!
—¡Vaya! No das tanto miedo como pensaba. Solo eres una sombra —dijo Lluna, sonriendo.
El monstruo también sonrió.
—Exactamente. Lo desconocido puede asustarnos, pero cuando lo conocemos y lo comprendemos, deja de parecernos tan aterrador.
Desde entonces, cuando Lluna tenía miedo por la noche, encendía su lámpara y saludaba a su nuevo amigo. Aprendió que el miedo es una emoción que podemos sentir cuando no entendemos algo. Mirarlo de frente podía ayudarla a descubrir que aquello que la asustaba no era tan terrible como parecía.
Así dejó de tener miedo a la oscuridad y aprendió a convivir con las sombras. Sabía que, a veces, las cosas que más asustan solo necesitan un poco de luz y comprensión para convertirse en amigas.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


