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El jefe de pista

El cap de pistes

El cuento de El jefe de pista

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En un circo muy pequeño,

pero con una carpa muy grande,

había un hombre de cuarenta años

que era el jefe de pista.

Se llamaba Jefe de Pista.

Sí, sí, como lo oyes.

—¡Qué nombre más raro! —decían los niños.

—Es que yo no soy un hombre cualquiera —respondía él—. ¡Soy el que manda cuando empieza el espectáculo!

Cada tarde, antes de que llegara el público, el Jefe de Pista entraba en la pista con su sombrero rojo, sus botas negras y un bigote tan largo que casi le hacía cosquillas en la nariz.

—¡Señoras y señores!

¡Niños y niñas!

¡Gatos y perros, si los hay!

Y hacía una reverencia.

Pero ese día ocurrió algo muy extraño.

El circo estaba listo.

Los acróbatas esperaban.

Los payasos esperaban.

La chica de las cintas esperaba.

Incluso el elefante, llamado Margarida, esperaba.

Pero…

NO HABÍA PÚBLICO.

Ni un niño.

Ni una abuela.

Ni un padre.

Ni una madre.

Ni siquiera aquel señor que siempre llegaba tarde y preguntaba:

—¿Ya ha empezado?

El Jefe de Pista miró la puerta.

—Quizás se han perdido.

Miró el reloj.

—Quizás se han dormido.

Miró el cielo.

—O quizás hoy el mundo se ha olvidado del circo.

Y entonces el payaso Pepet dijo:

—Pues hacemos algo.

—¿Qué?

—Hagamos el espectáculo igualmente.

El Jefe de Pista se quedó pensando.

—¡Pero si nadie nos mira!

El elefante Margarida levantó la trompa.

—¡Fiiiiii!

—¿Qué dice? —preguntó el Jefe de Pista.

—Que siempre hay alguien que mira —dijo Pepet.

Y empezaron.

Los acróbatas saltaron.

La chica de las cintas voló por el aire.

Los payasos cayeron de culo.

Margarida dio una vuelta entera sobre sí misma.

Y el Jefe de Pista, que siempre había sido el que anunciaba las actuaciones de los demás, decidió hacer una también.

Cogió una bicicleta diminuta.

Era tan pequeña que sus rodillas le llegaban a las orejas.

—¡Yo también sé hacer cosas! —gritó.

Subió.

Pedaló.

Una vuelta.

Dos vueltas.

Tres vueltas.

Y…

PLOF!

Cayó dentro de un cubo.

Los artistas se rieron.

Margarida también.

—¡No rías, Margarida!

El elefante volvió a hacer:

—¡Fiiiiii!

Y en ese momento…

¡CLAP! ¡CLAP! ¡CLAP!

Todos se quedaron quietos.

Había aplausos.

El Jefe de Pista miró hacia la puerta.

Allí había una niña pequeña.

Y detrás de ella, un montón de gente.

¡Habían llegado todos a la vez!

—Creíamos que hoy no había función —dijo la niña.

—¡Nosotros también! —respondió el Jefe de Pista.

Y empezó a reír.

Aquella noche, el circo estuvo lleno de luces, música, risas y aplausos.

Y el Jefe de Pista descubrió algo importante:

Un circo no es una carpa,

ni una pista,

ni un montón de artistas.

Un circo es un lugar donde, durante un rato,

los problemas dejan de pesar

y las risas pesan más.

Desde ese día, antes de empezar cada función, el Jefe de Pista decía:

—¡Señoras y señores!

¡Niños y niñas!

Bienvenidos al sitio donde todo es posible…

Y Margarida añadía:

—¡Fiiiiii!

Porque los elefantes también tienen derecho a decir la última palabra.

FIN

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