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Hace muchos años, cuando el mundo todavía estaba lleno de dioses y seres mágicos, Quetzalcóatl, conocido como la Serpiente Emplumada, y que era un antiguo dios, decidió viajar a la Tierra en forma humana. Quería conocer de cerca a los hombres y los animales, entender sus vidas y aprender de ellos.
Disfrazado de simple viajero, caminó por montañas, ríos y valles, maravillándose con la belleza del mundo. Sin embargo, su viaje fue largo y agotador. Cuando el sol empezó a ponerse y el cielo se tiñó de rojo y naranja, Quetzalcóatl sintió un profundo cansancio. Sus pies le dolían y el estómago le gruñía de hambre, pero no tenía nada que comer.
Buscó un lugar para descansar y encontró una gran roca bajo un frondoso árbol. Se sentó allí, contemplando el cielo mientras la luna empezaba a asomarse tímidamente.
De repente, entre la hierba, oyó un suave crujido. Al girarse, vio a un pequeño conejo de piel blanca y esponjosa que masticaba unas hojas con tranquilidad.
El conejo notó la mirada cansada del viajero y, curioso, se acercó haciendo pequeños botes.
—Buenas noches, amigo —dijo el conejo con una voz dulce—. Pareces muy cansado. ¿Necesitas ayuda?
Quetzalcóatl sonrió ante la bondad del pequeño animal y respondió con voz amable:
—He viajado durante todo el día y estoy muy cansado. Tengo hambre, pero no tengo nada que comer.
El conejo miró a su alrededor y vio que sólo tenía las hojas con las que se alimentaba todas las noches. Reflexionó un momento y después, con determinación, dijo al viajero:
—Yo sólo como esas hojas, pero no creo que te gusten. Si tienes hambre, puedes comerme a mí.
Quetzalcóatl se sorprendió al oír esas palabras. Miró al pequeño conejo, que le observaba con ojos llenos de bondad y entrega, sin miedo ni dudas.
El dios quedó conmovido. Nunca había conocido a un ser tan generoso, dispuesto a sacrificarse por otro sin esperar nada a cambio.
—Pequeño conejo, tu corazón es noble y tu alma brilla más que cualquier estrella en el cielo —dijo Quetzalcóatl emocionado—. No te comeré, pero quiero que tu bondad sea recordada para siempre.
Entonces, Quetzalcóatl cogió con suavidad el conejo entre sus manos y, con su poder divino, se elevó hacia el cielo nocturno. Subió tan arriba que llegó hasta la luna, y con un gesto mágico, estampó la figura del conejo en su superficie.
—A partir de hoy —dijo el dios—, todos los seres de la Tierra verán tu imagen en la luna y recordarán tu generosidad.
Cuando Quetzalcóatl bajó de nuevo, el conejo seguía en el suelo, sano y salvo, mirando con asombro su propia silueta dibujada en la luna brillante.
Desde entonces, cada vez que la luna llena ilumina el cielo, los hombres y mujeres pueden ver la figura del conejo, recordando que la verdadera grandeza no está en la fuerza ni en la riqueza, sino en la bondad y el amor por los demás.


