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Genís era un niño muy curioso. Le encantaba mirar las estrellas cada noche desde la ventana de su habitación. Un día, observando el cielo con el telescopio, vio una luz brillante que cruzó el firmamento y cayó en el bosque de detrás de su casa. Intrigado, decidió investigar.
Salió con una linterna y caminó hacia el bosque. En el lugar donde había caído la luz encontró una pequeña nave de metal brillante, distinta de todo lo que conocía. A su lado había una criatura azul, con grandes ojos luminosos y una sonrisa amable.
—¡Hola! —dijo con voz suave—. Me llamo Zort. Soy del planeta Zircón y he venido a explorar la Tierra, pero mi nave se ha averiado. ¿Puedes ayudarme?
Emocionado por conocer a un extraterrestre, Genís asintió enseguida.
—¡Claro! Pero… ¿cómo puedo ayudarte? —preguntó con el corazón acelerado.
—Necesito algo especial que solo existe en vuestro planeta: una piedra mágica llamada Luz de la Tierra. Es la única forma de reparar la nave.
Genís aceptó el reto. Juntos comenzaron una gran aventura por el bosque en busca de la piedra. Encontraron animales simpáticos dispuestos a colaborar, como un búho sabio que sabía dónde hallar piedras mágicas y una ardilla veloz que los guiaba por los senderos más escondidos.
Tras una larga búsqueda llegaron a una cueva oculta. Dentro brillaba la Luz de la Tierra, una piedra preciosa que iluminaba como las estrellas.
—¡Lo hemos conseguido! —dijo Zort, feliz.
Con la piedra en las manos regresaron a la nave. Zort usó su energía para reparar el motor. La nave empezó a brillar y a emitir sonidos extraños, preparándose para volver al espacio.
—Gracias, Genís. Eres un gran amigo. Nunca olvidaré tu ayuda. Si miras al cielo y ves una luz brillante, seré yo saludándote desde mi planeta.
Genís sonrió, sintiendo alegría y tristeza a la vez.
—Yo tampoco te olvidaré, Zort.
La nave despegó dejando un rastro luminoso en el cielo nocturno. Genís regresó a casa pensando en su increíble aventura. Desde entonces miró las estrellas cada noche, sabiendo que, en algún lugar del espacio, su amigo Zort también miraba hacia la Tierra.


