|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo llamado Benimassot, sucedió una historia que los abuelos todavía cuentan a sus nietos. El pueblo estaba en una hermosa comarca, rodeado de montañas y campos verdes. Un domingo de invierno, mientras todos escuchaban misa en la iglesia, ocurrió algo inesperado.
De pronto se abrieron las puertas de par en par y entraron treinta y cuatro bandoleros. Llevaban grandes sombreros y pañuelos que les tapaban la cara. Los vecinos se asustaron: aquellos hombres eran conocidos por robar y causar problemas. Exigieron que les entregaran sus joyas y su dinero. Atemorizados, los habitantes obedecieron, pues los bandoleros decían que no querían hacerles daño, sino llevarse sus objetos de valor.
Recogieron anillos, collares y monedas de oro. ¡Todo lo que brillaba les hacía abrir los ojos! Pero no se marcharon enseguida. Tenían hambre y pidieron comida. Los vecinos prepararon un almuerzo con pan, queso y lo que tenían en casa. Los bandoleros comieron entre risas e historias, como si aquello fuera una fiesta.
Después salieron del pueblo, aunque no fueron muy lejos. Se dirigieron a un barranco apartado donde nadie pudiera verlos. Allí amontonaron los tesoros robados y empezaron a repartirlos.
—¡Esto para ti y esto para mí! —decían mientras hacían partes iguales, preocupados por que ninguno de ellos se quedara sin su porción de lo robado.
Tras el reparto, cada bandolero tomó un camino distinto. Si viajaban juntos sería más fácil reconocerlos y atraparlos; separados, resultaría más difícil encontrarlos. Se despidieron y unos marcharon hacia las montañas y otros hacia los bosques.
Pero la historia no termina ahí. Según este relato, algunos señores influyentes del pueblo también habían ayudado a los bandoleros a ocultar el origen de los objetos robados. Fingían que las joyas y el dinero les habían pertenecido siempre. Si alguien preguntaba de dónde procedían, respondían:
—¡Son de mi familia! ¡Los tenemos desde hace muchos años!
Así intentaban evitar que se descubriera de dónde venían aquellos tesoros.
La historia se hizo conocida por toda la comarca, donde en otros tiempos eran frecuentes los robos de bandoleros, especialmente por la Marina y el Comtat. En el cuento, aquella fue su última visita a Benimassot: desde entonces, los vecinos decidieron estar más atentos por si regresaban.
Así acaba el relato de aquel día en que los bandoleros llegaron al pueblo. Hoy los niños pueden imaginar aquellas aventuras desde la tranquilidad de sus calles. La historia sigue contándose para recordar que incluso de los momentos difíciles podemos aprender, y que repartir un botín entre ladrones no convierte un robo en algo justo.


