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Hace mucho tiempo, en un bosque mágico llamado Nemkova, vivía una doncella misteriosa y dulce. Era un lugar lleno de secretos. Los árboles parecían tocar el cielo y sus hojas brillaban con todos los colores del arcoíris bajo el sol. Algunas flores solo crecían allí: unas tenían pétalos dorados que se cerraban con la lluvia; otras cantaban suavemente cuando soplaba el viento.
La doncella tenía el cabello largo y dorado como la luz del sol. Su vestido, hecho de hojas y flores, cambiaba de color con las estaciones. Todos los seres del bosque, desde las ardillas hasta los ciervos, la querían porque los cuidaba con cariño. Cada mañana paseaba acariciando los árboles y las plantas. Todo parecía más vivo y hermoso a su paso. Los pájaros cantaban al verla y las flores se abrían para saludarla.
También tenía un don especial: podía hablar con los animales. Se reunía con conejos, búhos y ardillas para escuchar sus historias y problemas. Siempre los ayudaba, ya fuera a encontrar un lugar para anidar o a curar a un animalito herido. En agradecimiento le llevaban pequeños regalos, como flores silvestres y bayas dulces.
Una tarde de verano, cuando el cielo se teñía de naranja y rosa, un caballero valiente y curioso entró en Nemkova. Había oído hablar de la doncella y quería conocerla. Caminó mucho, hasta ver un rayo de luz entre los árboles. Se acercó y la encontró junto a un arroyo, peinándose con un peine de hojas. Quedó maravillado: nunca había visto a alguien tan hermoso ni un lugar tan lleno de paz.
—Doncella del bosque —dijo suavemente—, eres una criatura hermosa y bondadosa. Me gustaría que vinieras a mi castillo. Tendrías comida deliciosa, vestidos de seda y una gran habitación llena de luces doradas.
Ella sonrió con ternura.
—Gracias por tu ofrecimiento, caballero, pero mi hogar es este bosque. Aquí tengo cuanto necesito. Los árboles son mis amigos, los animales mi familia y las flores mi alegría. El bosque me necesita tanto como yo a él.
El caballero se sorprendió, pero comprendió que debía respetar su decisión. La vio levantarse y caminar entre los árboles. A cada paso brotaban pequeñas flores bajo sus pies. La siguió un trecho, maravillado, y la vio hablar con los animales, jugar con las ardillas y bailar al ritmo del viento entre las hojas. Comprendió que su felicidad estaba en la naturaleza y en cuidar a los seres que la rodeaban.
Finalmente se despidió con respeto y regresó a su castillo, llevándose el recuerdo de aquella noche. Contó a todos la belleza de Nemkova y la bondad de la doncella. Desde entonces, los habitantes del pueblo cercano supieron que, aunque no la vieran, ella seguía allí, protegiendo la naturaleza.
La doncella continuó viviendo entre árboles y flores, cuidándolos y manteniendo viva la magia. Por las noches, si escuchas con atención, puedes oír su canción, suave como una brisa entre las hojas. Y, si alguna vez te pierdes en aquel bosque de cuento, sigue la luz de las florecillas que nacen a su paso: su bondad te guiará de vuelta a casa.


