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Al final del huerto vivía Bruna, una calabaza redonda, lisa y de un naranja brillante. Cuando se acercaba Halloween, las demás calabazas hablaban de las caras que tendrían: ojos triangulares, dientes enormes y sonrisas escalofriantes.
Bruna, en cambio, quería iluminar la noche sin dar miedo a nadie.
—Me gustaría tener ventanas en forma de estrella —confesó a Jana y Roc, los dos hermanos que cuidaban el huerto.
Los niños se miraron. Cada año habían decorado las calabazas igual, pero decidieron escucharla. Dibujaron estrellas pequeñas, una luna y una puerta redonda. Antes de empezar, le enseñaron el diseño a Bruna.
—Así sí —respondió ella, moviendo un poco el tallo.
Esa tarde una tormenta dejó al pueblo sin luz. La fiesta parecía condenada a terminar antes de empezar. Jana y Roc pusieron una vela en Bruna, pero el viento la apagaba una y otra vez.
Entonces, unas luciérnagas que se escondían entre las tomateras vieron las ventanas de estrella. Entraron por la puerta redonda y se acomodaron en la calabaza. Bruna se encendió con una luz dorada, suave y viva.
Los hermanos la llevaron a la plaza. Por el camino, otros niños acercaron sus linternas y la claridad fue creciendo. Bruna guió a los vecinos hasta las mesas de la fiesta, iluminó a los músicos y ayudó a una niña pequeña a encontrar a su padre.
Nadie echó de menos los dientes puntiagudos. Todo el mundo miraba a las estrellas que Bruna proyectaba en las paredes.
Cuando regresó la electricidad, la alcaldesa apagó las farolas durante cinco minutos más para que el pueblo pudiera contemplar esa luz especial.
Desde entonces, en el huerto cada calabaza elegía su decoración. Las había con flores, nubes, peces e incluso una con una receta de sopa. Bruna había enseñado que una tradición también puede crecer cuando cada uno pone un poco de su propia luz.


