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Ferran tenía dos añitos y le encantaban dos cosas: hacer rodar coches por todo el pasillo y gritar “BRUUUM!” tan fuerte como podía. Pero entre todos los coches, uno le gustaba más que ningún otro: el camión de bomberos.
Un sábado por la mañana, mientras jugaba en el parque, Ferran oyó uiiiiuuuu–uiiiiuuuu!
—¡Bomberos! ¡Bombeos! —dijo él, todo emocionado (quería decir bomberos, pero le salía así).
Un auténtico camión de bomberos apareció en la esquina, muy rojo, muy grande y brillante. Se detenía allí porque los bomberos habían venido a revisar una rama rota de un árbol.
Ferran se acercó a pequeños pasitos, con los ojos abiertos como dos rodajas de galleta. Un bombero le vio y le dijo:
—¡Hola, valiente! ¿Quieres subir al camión?
Ferran hizo un sí con la cabeza tan rápida que casi se le cayó la gorra. El bombero le cogió en brazos y lo sentó en la cabina.
—Aquí es donde tocamos la sirena —explicó el bombero.
—¡SIRENAAAAA! —dijo Ferran, emocionadísimo.
El bombero le dejó pulsar un botón especial y el camión hizo:
«UIIIUUU!!»
Ferran se rió tanto que casi se dobló de la risa.
Luego le ayudaron a coger la manguera (sin agua, claro).
—Así apagamos el fuego —dijo el bombero.
—¡Fuego no! ¡Puuuuf! —dijo Ferran soplando, convencido de que él solo lo apagaba.
Cuando fue hora de marcharse, el bombero le dio un casco pequeño de cartón y le dijo:
—¡Eres un bombero de verdad, Ferran!
Ferran caminó por el parque todo orgulloso, con el casco torcido y la manguera imaginaria.
—¡BRUUUM! ¡UIIIUUU! ¡Soy bombeeerrr! —gritaba mientras corría.
Y desde ese día, cada vez que veía un camión rojo, Ferran miraba a su padre y le decía:
—¿Puedo subir? ¡Yo bombero!
Y papá se reía, porque sabía que, en el fondo de su corazón de niño, Ferran siempre tendría un camión rojo aparcado en un rincón especial.


