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Nora tenía una bicicleta azul con un timbre plateado que hacía tintineo. La había heredado de su prima y, aunque tenía un pequeño arañazo en el guardabarros, a ella le parecía la bicicleta más bonita del mundo.
Solo había un problema: todavía no sabía ir sin las ruedecillas.
En el parque, sus amigos pedaleaban por el camino grande. Daban vueltas, frenaban ante la fuente y levantaban una mano para saludar. Nora los miraba desde el pequeño sendero.
—¿Cuándo sacarás las ruedecillas? —le preguntaban.
—Pronto —respondía ella.
Pero «pronto» nunca llegaba.
Un sábado, su abuelo trajo una llave inglesa.
—Hoy podemos sacarlas, si quieres.
Nora tragó saliva.
—¿Y si me caigo?
—Quizás caerás alguna vez. Llevarás casco, empezaremos despacio y yo estaré a tu lado.
Fueron a una plaza plana. El abuelo sujetó la bicicleta por el asiento.
—Mira adelante y pedalea.
Nora dio dos pedaleos y puso los pies en el suelo.
—No puedo.
—Aún no —dijo el abuelo—. Esa palabra es importante.
Lo volvieron a probar. Tres pedaleadas. Luego cuatro. En el quinto intento, la bicicleta se inclinó y Nora cayó sobre una rodillera.
No se había hecho daño, pero los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Lo dejo.
El abuelo se sentó a su lado.
—Cuando yo aprendí, me caí dentro de un arbusto.
Nora se lo imaginó con las piernas hacia arriba y se rió.
—¿En serio?
—En serio. El arbusto tampoco quedó muy contento.
Decidieron descansar. Mientras bebían agua, Nora observó las palomas. Para andar, movían primero una pata y después la otra. Ninguno intentaba dar diez pasos de golpe.
—¿Podemos practicar por trocitos? —preguntó.
Primero aprendió a empujarse con los pies y mantener el equilibrio. Luego practicó cómo frenar. Finalmente, volvió a poner los pies en los pedales.
Uno, dos, tres, cuatro…
El abuelo aún sujetaba el asiento.
—¡No me sueltes! —gritó.
—Estoy aquí.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco…
El viento le hacía cosquillas en las mejillas. La bicicleta ya no temblaba tanto.
—¡Lo estoy haciendo!
Nora miró hacia atrás. El abuelo estaba cinco metros más lejos, con los brazos abiertos.
—¡Me has soltado!
Al girar la cabeza, el manillar se torció y la bicicleta acabó sobre el césped.
Durante un segundo, Nora no supo si enfadarse o reírse. Finalmente se rió tan fuerte que el abuelo también empezó a reír.
—¡He ido sola! —exclamó.
—Y ahora sabes otra cosa —dijo él.
—¿Cuál?
—Que caer no borra lo aprendido.
Al día siguiente regresaron al parque. Nora practicó los giros. El lunes aprendió a arrancar sin ayuda. El martes pedaleó hasta la fuente. El miércoles dio una vuelta entera.
El jueves, una niña pequeña miraba su bicicleta sin ruedecillas con cara de preocupación.
—Yo no puedo —decía.
Nora se detuvo a su lado.
—Aún no —le dijo—. Pero puedes empezar con una pedalada.
La niña lo probó. Nora caminaba a su lado, al igual que había hecho el abuelo.
Cuando el sol empezaba a bajar, Nora volvió a casa sobre la bicicleta azul. El timbre sonaba dring-dring y el arañazo del guardabarros lucía como una medalla.
No había aprendido porque un día hubiera dejado de tener miedo. Había aprendido porque cada día había hecho algo pequeño que el día anterior todavía no sabía hacer.


