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En un pueblecito muy lejano vivía un grupo de niños muy especiales que iban a una escuela infantil. Se llamaban Liam, Noa, Gala, Aina, Mariona, Nil, Emma y Bruna. Todos tenían entre 4 y 5 años, y les encantaba descubrir, experimentar y jugar juntos.
Su aula era un espacio tranquilo y acogedor, con estanterías bajas llenas de materiales naturales, rincones de lectura y mesas pequeñas para trabajar en silencio.
Una mañana, la guía, la maestra Clara, los reunió en círculo y les recordó con voz suave: —Recordamos nuestras normas para convivir mejor:
- Escuchar con atención cuando alguien habla.
- Ordenar el material cuando lo acabamos de utilizar.
- Es necesario pedir la palabra antes de hablar.
- Ser respetuosos y ayudarnos siempre que podamos.
—Cuando seguimos estas normas —continuó la maestra Clara—, aprendemos mejor y nos sentimos felices.
Pero al cabo de un rato, Noa, emocionado por contar una historia, hablaba sin esperar su turno. Liam, jugando con los bloques de madera, los hizo caer y se olvidó de recogerlos. Gala y Aina discutían por un lápiz rosa, y Emma y Bruna reían tan fuerte que costaba escuchar.
Mariona, que siempre observaba con mucha calma, levantó la mano y dijo: —¡Amigos! Si no respetamos las normas, no podemos entendernos. ¿Qué os parece si lo hacemos mejor entre todos?
Todos se miraron y asintieron con una sonrisa. Nil levantó la mano y propuso: —Podemos compartir el lápiz rosa y ayudar a Liam a recoger los bloques.
Y así lo hicieron: Noa esperó pacientemente su turno para hablar, Liam y Gala ordenaron los materiales, y Emma y Bruna bajaron la voz para poder escuchar al resto.
la maestra Clara, viendo cómo colaboraban, les sonrió: —¡Así sí! Cuando respetamos las normas, hacemos que nuestra aula sea un lugar hermoso y lleno de armonía.
Desde ese día, Liam, Noa, Gala, Aina, Mariona, Nil, Emma y Bruna se esforzaron por recordar las normas. Y, aunque a veces se equivocaban, sabían que siempre podían empezar de nuevo, ayudándose y aprendiendo juntos.


