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Marta era una niña muy alegre y curiosa que vivía en un pueblo pequeño cerca de la playa. Ya llevaba días esperando la noche de San Juan, la fiesta más bonita y mágica del verano.
Aquella tarde, Marta ayudó a su familia a preparar la hoguera en medio de la plaza. Pusieron leña, ramas y flores de colores. Cerca, sus amigos Pol y Laia preparaban los petardos, que brillaban con colores rojos, verdes y azules.
—¡Qué emocionante! —decía Marta—. ¡Hoy será una noche especial!
Cuando empezó a oscurecer, todo el pueblo se reunió. Los mayores contaban historias de fuegos y petardos, mientras los niños no podían parar de mirar con los ojos bien abiertos.
Marta vio que alguien había dejado un montón de petardos demasiado cerca de la hoguera y que el viento empezaba a hacer que las chispas volaran hacia allí.
—¡Ay! ¡Puede pasar algo! —pensó Marta con nervios.
Sin perder tiempo, corrió a avisar al abuelo Joan, que era muy sabio y siempre sabía qué hacer. El abuelo Joan vino rápidamente y con la ayuda de algunos adultos, apartaron los petardos lejos del fuego.
—¡Gracias, Marta! Has sido muy rápida y valiente —le dijo el abuelo Joan con una sonrisa.
La fiesta continuó, y Marta, Pol y Laia tiraron petardos que hacían “pum” y “bruuum”, haciendo que el cielo se iluminara con colores y formas sorprendentes.
Al final de la noche, el alcalde invitó a todo el mundo a saltar la hoguera.
—¡Saltando el fuego dejamos atrás todo lo que nos duele y empezamos un nuevo verano con alegría! —dijo el alcalde.
Marta, algo nerviosa, cogió la mano de su madre y saltaron juntas. En ese momento, sintió una magia especial que le hizo sonreír y sentirse feliz.
Aquella noche, Marta aprendió que la noche de San Juan no sólo es mágica por la luz y los petardos, sino porque todos están juntos, cuidándose y celebrando la vida.
Cuando llegó a casa, cansada, pero contenta, Marta soñó con las aventuras que el verano le traería.


