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Cerca de un bonito lago, vivía una pequeña tortuga llamada Bruna. Era muy alegre y le encantaba explorar el bosque con sus amigos. Sin embargo, Bruna tenía una particularidad: una de sus patas era más corta que las demás, y eso hacía que caminara de una manera diferente.
Los otros animales del bosque a veces se quedaban mirando cómo Bruna dejaba huellas asimétricas en la arena. Esto hacía que la tortuga se sintiera distinta y, en algunos momentos, insegura. «¿Por qué no puedo andar como los demás?», se preguntaba a menudo.
Un día, mientras paseaba por la orilla del lago, Bruna vio una pequeña ardilla triste. «¿Qué te pasa?», le preguntó con curiosidad. La ardilla le explicó que había perdido el camino de vuelta a casa y no sabía cómo reencontrarlo.
Bruna tuvo una idea. Miró hacia atrás y vio sus huellas especiales en el suelo. «¡Sigue mis huellas!», le dijo con una sonrisa. Gracias a su modo de andar, sus marcas eran únicas y fáciles de seguir. La ardilla hizo caso de su consejo y pronto encontró el camino de regreso.
Cuando llegaron, todos los animales se reunieron para escuchar la historia. «¡Bruna, tus huellas son especiales!», dijeron con admiración. La tortuga se dio cuenta de que su diferencia no era un defecto, sino un don.
Desde ese día, Bruna nunca más se avergonzó de cómo caminaba. Entendió que todo el mundo es diferente de algún modo, y que su singularidad la hacía única y valiosa.


