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Clàudia tenía once años y un sueño que le hacía cosquillas en la barriga: quería ser una gran patinadora.
Desde pequeña le gustaba patinar. Cuando se ponía los patines, parecía que sus pies supieran exactamente lo que tenían que hacer. Giraba, saltaba y se deslizaba por la pista con su pelo marrón volando detrás de ella.
Y había algo que le gustaba especialmente: su malla de competición.
¡Era preciosa! Tenía pequeños brillantes que hacían tic-tic-tic con la luz cuando Clàudia se movía.
Ese sábado era un día muy importante. Se celebraba el gran campeonato de patinaje y Clàudia participaba por primera vez.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó su entrenadora.
—Un poco…
—¿Un poco?
Clàudia miró sus manos.
—Bueno… ¡mucho!
Ambas rieron.
Pero, cuando llegó el momento de entrar en la pista, Clàudia sintió un nudo en la barriga.
¿Y si caigo? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no lo hago bastante bien?
La música empezó.
Clàudia respiró hondo y empezó a patinar.
Primero, un giro.
Luego, un salto.
¡Y una pirueta!
El público aplaudió.
Clàudia sonrió. Ya no pensaba en los nervios. Sólo escuchaba la música y dejaba que los patines hicieran su trabajo.
Pero, de repente…
—¡Uy!
En uno de los saltos, perdió algo el equilibrio.
Durante un instante pensó que iba a caer.
Pero flexionó las rodillas, abrió los brazos y…
¡XISSSS!
¡Continuó patinando!
—¡Muy bien! —gritó su entrenadora desde fuera.
Clàudia acabó la coreografía con una gran pirueta.
Cuando la música se detuvo, el público estalló en aplausos.
Ella estaba cansada, despeinada y con las mejillas rojas.
Pero estaba feliz.
Ahora sólo faltaba esperar a los resultados.
Las patinadoras se pusieron en fila.
Clàudia miraba la copa que había sobre la mesa. Era brillante y preciosa.
—Ojalá… —susurró.
La persona que daba los premios tomó el papel con las clasificaciones.
—En tercera posición…
Clàudia aguantó la respiración.
—En segunda posición…
Quizás no he ganado, pensó.
Y entonces:
—Y en primera posición… ¡Clàudia!
—¿YO?!
Clàudia abrió mucho los ojos.
—¡Sí, tú! —dijo su entrenadora.
La niña corrió hasta el podio y subió al primer puesto.
Cuando le dieron la copa, la levantó arriba.
Sus ojos brillaban casi tanto como los brillantes pequeños de su malla.
En ese momento, Clàudia recordó cada tarde de entrenamiento, las caídas, los ejercicios difíciles y todas las veces que había tenido que volver a intentarlo.
Y entendió algo muy importante:
Ganar era fantástico, pero lo importante había sido no rendirse.
Aquella noche, antes de acostarse, Clàudia dejó la copa junto a la cama.
La miró y sonrió.
—Mañana volveré a entrenar.
Porque Clàudia sabía que todavía le quedaban muchos saltos, muchas piruetas y muchos sueños por conseguir.
Y mientras cerraba los ojos, imaginó una pista enorme, llena de luces, con miles de personas aplaudiendo.
Clàudia sonrió.
Su sueño acababa de empezar.


