En Clarísima, las personas eran transparentes.
No sólo se les veían los huesos y el latido del corazón. También se podían observar los pensamientos: las mentiras eran nubes amarillas, la tristeza tenía forma de lluvia interior y los recuerdos felices nadaban como peces de colores detrás de las costillas.
Los habitantes estaban orgullosos.
—Aquí nadie puede esconder nada —decían—. Por eso somos una ciudad honesta.
Vera había crecido bajo aquella mirada constante. En la escuela, los profesores veían cuando no entendía una lección. Los amigos sabían si una broma le había hecho daño. Los padres descubrían cualquier secreto antes de que ella pudiera decidir cómo contarlo.
Cuando Vera cumplió trece años, una pequeña mancha opaca le apareció en la muñeca.
La cubrió con una pulsera.
La mancha creció. Al cabo de una semana le cubría el brazo. Por debajo, nadie podía ver si estaba nerviosa, contenta o enfadada.
El médico de Transparencia Pública la examinó.
—Es una opacidad espontánea. Deberemos eliminarla antes de que se extienda.
—¿Me hace daño?
—No.
—¿Daña a alguien?
—No exactamente. Pero impide que los demás te conozcan por completo.
Vera salió de la consulta sin pedir hora para el tratamiento.
Con el tiempo, la mitad de su cuerpo se volvió opaca. Algunas personas desconfiaban de ella. En las tiendas, los vigilantes la seguían. En clase, cuando daba una respuesta, los profesores no podían ver si estaba segura o improvisaba.
Pero Vera también descubrió una sensación nueva: podía tener una idea antes de defenderla, una tristeza antes de compartirla, un cariño antes de ponerle nombre.
Una tarde conoció a un grupo que se reunía en los sótanos de la ciudad. Llevaban ropa gruesa, sombreros, máscaras o capas de pintura. Algunos eran transparentes, pero reclamaban el derecho a no ser observados todo el rato.
—No queremos mentir —dijo Aurora, una anciana que llevaba guantes negros—. Queremos poder decidir cuándo abrimos una ventana.
Propusieron una nueva norma: ninguna escuela, empresa u oficina podría exigir transparencia total. Las personas podrían cubrirse y los pensamientos no serían pruebas de un delito.
El Consejo reaccionó con indignación.
—¡La oscuridad protege las mentiras!
—Y la transparencia protege los juicios precipitados —respondió Vera.
Para demostrarlo, pidió a los miembros del Consejo que explicaran el significado de todo lo que se veía en su interior. Un consejero tenía una nube roja en el pecho.
—Rabia —afirmó alguien.
—Es vergüenza —dijo él.
Una consejera mostraba un pez azul detrás de los ojos.
—Un recuerdo triste.
—No. Es la canción que me cantaba mi madre.
Ver algo no significaba comprenderlo.
El debate duró meses. Mientras, más habitantes empezaron a llevar piezas opacas: no para esconder fechorías, sino para proteger un duelo, preparar una sorpresa o descansar de las interpretaciones ajenas.
Por último, Clarísima aprobó el derecho a la intimidad. También mantuvo leyes contra el engaño y mecanismos para exigir responsabilidades. Descubrieron que confiar no consistía en verlo todo, sino en poder preguntar, escuchar y contrastar los actos.
Vera no se volvió completamente opaca. Su cuerpo conservaba zonas transparentes y zonas que sólo ella podía ver.
Algunos días llevaba los brazos descubiertos. Otros se ponía un abrigo hasta el cuello.
Cuando alguien le preguntaba qué sentía, ya no miraba directamente a su interior esperando encontrar la respuesta.
Esperaba que ella decidiera si quería contarla.


