La casa de Ada tenía un problema: no sabía quedarse quieta.
La primera vez, la familia se fue a dormir frente a una panadería y despertó junto al mar. Las ventanas estaban llenas de sal y un cangrejo había entrado en el recibidor.
La segunda noche, la casa caminó hasta un barrio de bloques altos. La tercera, apareció en medio de un campo de olivos. Un jueves se instaló sobre una colina a la que no llegaba el repartidor de pizzas.
—Eso no es una casa normal —decía Ada.
Le costaba explicar a sus compañeros dónde vivía. A veces tenía que cambiar de camino para ir a la escuela. Otros días, su abuela no encontraba la puerta.
La familia lo intentó todo. Ataron la casa a una farola, pero la farola viajó con ellos. Clavaron las patas en el suelo, pero la casa las sacó como zapatos. Le pidieron que se detuviera.
—Solo busco mi sitio —crujió la casa.
—¡Nuestro lugar era la calle de la panadería! —protestó Ada.
Pero cuando regresaron, la panadería había cerrado y sus amigos ya vivían en otras calles. El sitio de siempre tampoco era exactamente el mismo.
Una noche, la casa se detuvo frente a un edificio en el que vivían muchas familias. Había una madre con dos hijas, un abuelo con su nieto, dos padres con un bebé y una mujer que vivía sola con tres enormes plantas.
Los vecinos no se extrañaron de ver una casa con patas.
—Aquí todo el mundo ha llegado de algún sitio —dijeron.
Compartieron la cena en el patio. Ada jugó con niños que hablaban lenguas diferentes. La abuela plantó albahaca con la mujer de las plantas. La madre de Ada ayudó a arreglar una persiana.
Al día siguiente, la casa no se movió.
—¿Lo has encontrado? —preguntó Ada.
La casa crujió satisfecha.
Pasaron tres meses. Ada ya sabía qué timbre tocar para pedir sal y quién guardaba una copia de la llave. Pero una mañana la casa volvió a levantar las patas.
—¡No! —exclamó Ada—. Éste es nuestro sitio.
Los vecinos salieron a despedirles. Les dieron esquejes, recetas, dibujos y números de teléfono. Antes de que la casa empezara a andar, pintaron una pequeña puerta azul en la fachada.
—Así sabrá volver —dijeron.
Ada entendió que la casa no buscaba un único sitio. Los iba coleccionando.
A partir de entonces, cada nuevo barrio dejaba una marca: una baldosa, una planta, una canción, una fotografía. Y en cada sitio donde habían vivido quedaba alguien capaz de decir:
—Sí, esa familia es también un poco de aquí.


