Cada mañana, una cola negra salía de la chimenea de la fábrica de Vallfosc. Se enroscaba alrededor del campanario y dejaba un olor amargo en las calles.
—Es el Dragón del Humo —decían los adultos—. Siempre ha vivido aquí.
La fábrica daba trabajo a medio pueblo. Fabricaba baldosas, calentaba la escuela y mantenía abiertas muchas tiendas. Por eso nadie quería hablar mucho del cielo gris.
Joana, Malik, Oriol y Ruth decidieron buscar el dragón. Entraron por una ventana rota y siguieron unas huellas de hollín hasta la sala de las calderas.
Allí encontraron a una criatura enorme encadenada a un horno. Tenía escamas grises y unos ojos cansados.
—¡Así que eres tú quien ensucia el cielo! —dijo Oriol.
El dragón tosió una niebla negra.
—Yo sólo quemo lo que me dan.
A su lado había una montaña de carbón. Cada vez que las máquinas pedían calor, una cadena obligaba al dragón a tragar una palada.
—¿Por qué no te vas? —preguntó Ruth.
—Si dejo de soplar de repente, los hornos se enfriarán, la calefacción se detendrá y muchas familias se quedarán sin trabajo.
La respuesta no era tan sencilla como derrotar a un monstruo.
El grupo habló con los trabajadores. Algunos temían que cerraran la fábrica. Otros llevaban años tosiendo. La directora aseguraba que cambiarlo todo sería demasiado caro.
—¿Y cambiarlo despacio? —propuso Joana.
Hicieron un plan con la escuela técnica del pueblo. Primero repararon las ventanas y las tuberías para que no se escapara el calor. Cubrieron el almacén con placas solares. Aprovecharon restos de madera que antes se arrojaban e instalaron un horno que necesitaba menos temperatura.
Cada mejora sacaba un eslabón de la cadena.
El dragón empezó a comer menos carbón. Las escamas se le volvieron marrones y después verdes. De la nariz ya no le salía humo, sino un vaho blanco como el de una mañana de invierno.
Aún faltaba mucho. No todas las máquinas podían cambiarse enseguida. Algunas decisiones costaban dinero y provocaban discusiones. Pero ahora, en la entrada de la fábrica, había un marcador que mostraba cuánto humo se había evitado y qué faltaba por hacer.
El día que cayó el último eslabón, el dragón salió al patio.
—Eres libre —dijo Malik.
La criatura estiró las alas, pero no se marchó. Ayudó a cocer las baldosas con una llama pequeña, alimentada por la energía que la fábrica podía producir sin ennegrecer el cielo.
Vallfosc tardó años en recuperar el azul. Cuando finalmente vieron la primera puesta de sol completa, nadie dijo haber vencido al dragón.
Habían aprendido a dejar de alimentarle con lo que también les dolía a ellos.


