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La biblioteca del final del mundo

El cuento de La biblioteca del final del mundo

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La biblioteca estaba debajo de la antigua estación meteorológica, detrás de una puerta que sólo aparecía cuando el termómetro superaba un récord.

Elna la encontró el día que en su ciudad alcanzaron los cuarenta y siete grados. Había ido a buscar sombra entre los edificios abandonados y vio una escalera que bajaba hacia una luz azul.

Debajo había kilómetros de estanterías.

—Bienvenida a la Biblioteca del Final del Mundo —dijo el bibliotecario.

Era un hombre muy viejo, o quizás muy cansado. Llevaba un ventilador colgado del cuello y guantes para tocar los libros.

—¿Qué final? —preguntó Elna.

—Todos los que todavía son posibles.

Los libros carecían de título. Al abrir uno, Elna vio su ciudad inundada. En otro, los árboles habían desaparecido y la gente hacía cola por un cubo de agua. Un tercero mostraba barrios cubiertos de jardines, trenes silenciosos y plazas frescas.

—Este no parece un final —dijo.

—Depende del lugar desde donde lo mires.

Elna quiso llevarse el libro de la ciudad verde, pero el bibliotecario la detuvo.

—Los libros de futuros posibles no pueden llevarse. Sólo se dejan leer una página cada vez.

La primera página estaba en blanco, excepto por una frase: «Planta sombra allá donde alguien la espera.»

Elna volvió a la superficie. Con los vecinos instaló toldos en la parada del autobús y plantó árboles resistentes a la sequía en el patio de la escuela. Cuando bajó de nuevo, había aparecido una segunda página: «El agua utilizada una vez puede tener otro trabajo.»

Recogieron el agua de lluvia, repararon fugas y regaron con agua reutilizada.

Cada acción revelaba una página nueva. Algunas eran sencillas; otras exigían decisiones difíciles. Había que cambiar calles pensadas sólo para los coches, renovar edificios, proteger zonas húmedas y pedir responsabilidades a empresas y gobiernos.

No todo el mundo estaba de acuerdo. Algunos decían que una ciudad no podía cambiar el clima. Otros querían esperar una tecnología milagrosa.

—La biblioteca ya sabrá si lo conseguiremos —dijo un concejal—. Preguntemos por el final y ahorrémonos discusiones.

Elna lo llevó bajo la estación. Pero cuando el hombre trató de abrir la última página, el libro se cerró.

—No hay una última página escrita —explicó el bibliotecario—. Si existiera, las decisiones no serían decisiones.

Con los años, la ciudad cambió. No lo suficientemente rápido ni de manera perfecta. Aún había olas de calor y temporales. Algunos árboles jóvenes morían y debían replantarse. Algunos proyectos fracasaban. Pero las temperaturas de las calles con sombra bajaron, el aire se hizo más limpio y las inundaciones encontraron parques en los que extenderse sin destruir casas.

Un día, Elna volvió a la biblioteca y descubrió estanterías vacías.

—¿Dónde están todos los finales? —preguntó.

—Algunos ya no son posibles —respondió el bibliotecario—. He podido retirarlos.

El libro de la ciudad verde seguía allí, más grueso que antes. Elna lo abrió. En la página nueva había una fotografía de personas leyendo debajo de los árboles de una plaza.

Entre ellas, una anciana sostenía el mismo libro.

—¿Soy yo?

—Quizá —dijo el bibliotecario—. Esta página es todavía una propuesta.

Elna cerró el volumen. No necesitaba saber si esa escena pasaría exactamente así.

Volvió a la ciudad con una nueva instrucción: «Explica lo aprendido antes de que alguien tenga que empezar desde cero.»

Años después, cuando el termómetro dejó de batir récords tan frecuentemente, la puerta de la biblioteca se hizo más difícil de encontrar.

Elna lo consideró una buena noticia.

FIN

Categorías: Cuentos de magia y fantasía · Cuentos educativos · Cuentos para niños de 10 años o más
Temáticas: Cuentos de naturaleza · Cuentos sobre el aprendizaje · Cuentos sobre la comunidad · Cuentos sobre la responsabilidad

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