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El bosque que había perdido los colores

El cuento de El bosque que había perdido los colores

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Una mañana, la ardilla Ros salió de la madriguera y encontró el bosque completamente gris.

Las hojas eran grises. Las flores eran grises. Incluso su cola, que siempre había sido roja como una puesta de sol, parecía hecha de ceniza.

—¿Qué ha pasado? —gritó.

Los animales se reunieron junto al roble viejo. Zorra no encontraba el naranja de sus patas. El Petirrojo había perdido la mancha roja del pecho. Las abejas no distinguían las flores y volaban en círculos.

—Quizás los colores se han ido porque discutíamos demasiado —dijo el roble.

El día anterior, cada animal había asegurado que su color era lo más importante.

—El verde es el mejor porque llena el bosque —dijo la Rana.

—El amarillo es mejor porque parece el sol —había contestado la abeja.

—¡No supera el azul del cielo! —había protestado la Golondrina.

Discutieron tanto que nadie oyó cómo los colores, cansados, guardaban las maletas.

—Debemos ir a buscarlos —dijo la ardilla Ros.

El primer color que hallaron fue el azul. Se había escondido en el fondo del estanque.

—No volveré —dijo—. Todos quieren mirarme, pero nadie recuerda que necesito el verde de los árboles para reflejarme.

La Rana asintió.

—Sin ti, el estanque no parece mi casa. Y sin el verde, tú tampoco podrías jugar entre las hojas reflejadas.

El azul volvió al agua y al cielo.

El amarillo estaba dentro de una cueva, iluminando una piedra sola.

—Todo el mundo dice que soy alegre —se quejó—, pero incluso el sol necesita la noche para descansar.

El Búho abrió las alas grises.

—La oscuridad ayuda a ver a las estrellas. Pero tu luz nos ayuda a despertar.

El amarillo salió de la cueva y se repartió entre el sol, las abejas y los botones de oro.

El rojo había subido a la cima de una montaña.

—Dicen que soy demasiado fuerte —explicó—. Que sólo sirvo para avisar del peligro.

El Petirrojo voló hasta su lado.

—También eres el color de las fresas, de las amapolas y del cielo cuando termina el día.

El rojo bajó de la montaña y pintó todas esas cosas.

Solo faltaba el verde. Lo buscaron por doquier, pero no lo encontraban.

—Quizás se ha ido muy lejos —dijo la ardilla Ros.

Entonces una semilla diminuta habló debajo de la tierra.

—El verde no puede volver solo. Necesita agua, luz y alguien que cuide la tierra.

Los animales se pusieron a trabajar. El Topo removió el suelo. La Golondrina llevó gotas de agua al pico. Las abejas esparcieron polen. La Ardilla plantó bellotas y la zorra apartó las piedras.

El sol amarillo calentó el claro. El cielo azul dejó caer una fina lluvia. Al rato, de la tierra salió un brote verde.

Luego otro.

Y otro.

El verde se extendió por la hierba y subió por los troncos hasta llenar las copas.

Cuando todos los colores regresaron, el bosque era todavía más hermoso que antes. El azul tenía reflejos verdes. El amarillo hacía brillar el rojo. El naranja de la zorra parecía nacido de un abrazo entre el sol y las amapolas.

—¿Cuál es el color más importante? —preguntó el roble.

Los animales se miraron.

—Todos —respondieron al mismo tiempo.

Desde ese día, cuando alguien presumía de su color, la ardilla Ros le recordaba la mañana gris.

Porque un solo color puede ser precioso, pero es cuando convive con otros que el mundo se convierte en un paisaje.

FIN

Categorías: Cuentos cortos · Cuentos de animales · Cuentos de magia y fantasía · Cuentos educativos · Cuentos para niños de 4 y 5 años
Temáticas: Cuentos de naturaleza · Cuentos sobre el trabajo en equipo · Cuentos sobre la colaboración · Cuentos sobre la cooperación · Cuentos sobre la diversidad

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