En el bosque de las Encinas vivía un lobo que no comía conejos ni cabras. Comía preguntas.
Las pequeñas le servían de aperitivo:
—¿Por qué las hormigas caminan en fila?
Las preguntas difíciles eran el plato principal:
—¿Dónde va el tiempo cuando ya ha pasado?
Y antes de dormir siempre tomaba una pregunta caliente:
—¿Cómo sabe una semilla hacia dónde debe crecer?
Los animales estaban encantados. Cuando una pregunta les molestaba, sólo tenían que dejarla frente a la cueva.
—¿Por qué debo compartir? —preguntaba la ardilla.
¡Ñam! El lobo se la comía.
—¿Qué he hecho yo para que la tortuga esté triste?
¡Ñam!
—¿Podríamos atravesar el río de otra forma?
¡Ñam, ñam!
Al cabo de un tiempo, en el bosque ya no quedaba ninguna pregunta.
La ardilla no compartía, pero tampoco se preguntaba por qué los demás no le invitaban. Nadie descubrió qué entristecía a la tortuga. Y como nadie imaginaba otra forma de atravesar el río, todos seguían dando una vuelta de tres horas.
El lobo, en cambio, estaba tan lleno que apenas podía salir de la cueva.
Una liebre joven, Brisa, fue a verle.
—¿Por qué te comes las preguntas?
El lobo abrió la boca, pero aquella pregunta era tan fresca que no pudo tragarla.
—Porque… no sé qué hacer con ellas.
—Podrías masticarlas sin tragártelas —sugirió Brisa.
Lo probaron con una pregunta nueva:
—¿Cómo podríamos ayudar a la tortuga?
El lobo la masticó lentamente. La pregunta se dividió en ideas: escucharla, visitarla, preguntarle qué necesitaba.
Al día siguiente masticaron la del río. Salieron una pasarela, una cuerda y una barca hecha con un tronco vacío.
El lobo descubrió que las preguntas alimentaban mucho más cuando se compartían.
Abrió una cocina en el bosque. En la puerta había un cartel:
«Llevad una pregunta. Saldrán ideas para todos.»
Y sólo se comía las que no servían de nada, como:
—¿Por qué las orejas del lobo son tan grandes?
Aunque, antes de tragársela, siempre respondía:
—Para escuchar preguntas como ésta.


