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Hace muchos años, en el pueblo de Calaf, los inviernos eran tan fríos que incluso la nariz hacía cric-cric cuando respirabas.
Una mañana de enero, el frío era tan intenso que los árboles parecían de azúcar helado y el humo de las chimeneas subía recto hacia el cielo, quieto.
Ese día era día de mercado.
En la plaza había puestos de fruta, sacos de patatas, quesos redondos y bufandas gruesas. La gente hablaba, reía y gritaba precios como siempre.
—¡Manzanaaas bien dulceees!
—¿Quién quiere pan recién hecho?
—¡Ten cuidado que resbala!
Pero ocurrió algo muy extraño.
Cuando las palabras salían de la boca de la gente… no caían al suelo ni volaban lejos.
Se quedaban quietas en el aire.
Y, poco a poco… ¡se convertían en pequeñas palabras de hielo!
La palabra manzanaaas quedó flotando, brillante como un cristal. El “pan caliente” se heló justo delante del panadero. Incluso una carcajada quedó colgada como una campanilla congelada.
La gente no se dio cuenta al principio, porque hacía tanto frío que todo el mundo iba con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
Pero un niño llamado Martí miró arriba… y abrió mucho los ojos.
—Mamá… ¡las palabras vuelan!
Su madre intentó responder, pero su «¿qué dices?» también se heló a medio camino.
En poco rato, la plaza estaba llena de palabras congeladas: frases enteras, gritos, preguntas e incluso algún estornudo helado.
Todo estaba en silencio.
Sólo se oía el viento.
La gente movía los labios… pero nada se oía. Las palabras quedaban atrapadas en el aire, convertidas en pequeñas esculturas transparentes.
Martí caminaba entre esas palabras de hielo como si estuviera dentro de un bosque mágico. Tocó una con el dedo… ¡y estaba helada!
—¡Oh! —pensó (y su “oh” también se quedó flotando).
Así pasó la mañana, en un silencio extraño y divertido. Los vendedores intentaban hacer gestos. Los compradores señalaban con el dedo. Algunos se reían sin ruido.
Pero hacia el mediodía, el sol empezó a calentar un poco.
Primero se escuchó un “crico”.
Luego un “plim”.
Y de repente…
¡TODAS las palabras se deshelaron a la vez!
—¡MANZANAAAS!
—¡PAN CALIENTE!
—¿QUÉ DICES?!
—¡VIGILA!
—¿CUÁNTO VALE?
—¡BUEN DÍA!
Todo estalló de repente, mezclado y desordenado. Las frases se juntaron como si jugaran a perseguirse. Las risas, los gritos y las preguntas salían todas a la vez.
Nadie entendía nada.
¡Parecía que cien personas hablaran a la vez dentro de un mismo sombrero!
Martí se tapó las orejas y empezó a reír.
—¡Eso es un lío! —dijo.
Y esta vez, las palabras no se helaron.
Ese día, en el pueblo de Calaf, aprendieron algo muy importante: a veces, hay que hablar uno por uno… y escuchar con atención.
Y desde entonces, cuando en algún sitio todo el mundo habla a la vez y no se entiende nada, la gente dice sonriendo:
—¡Eso parece el mercado de Calaf!
Y quizás, si algún invierno hace mucho, muy frío… todavía se puede ver alguna palabra pequeña y brillante flotante en la plaza.


