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Había una vez un carpintero llamado Geppetto, que vivía en un pequeño taller lleno de madera, herramientas y figuritas que él mismo tallaba con sus manos hábiles. Un día, decidió hacer un muñeco de madera muy especial. Lo talló con cuidado, le dio una forma bonita y le puso el nombre de Pinocho.
Aquella noche, mientras Geppetto dormía, el hada Azul apareció en su taller. Con un toque suave de su varita mágica, ¡dio vida al muñeco de madera! Pinocho abrió los ojos, movió los brazos y empezó a andar!
—Eres un muñeco de madera que puede hablar y moverse —le dijo el hada—, pero si quieres ser un niño de verdad, debes aprender a ser bueno, valiente y sincero.
El hada encomendó al Grillo Parlante, un pequeño insecto sabio, que hiciera de su conciencia y le ayudara a distinguir entre el bien y el mal.
Al día siguiente por la mañana, Geppetto se sorprendió al ver que su muñeco de madera podía moverse y hablar. Lleno de alegría, decidió enviarlo a la escuela para que aprendiera como cualquier otro niño. Pero por el camino, Pinocho se encontró con dos personajes muy traviesos: el Gato y el Zorro.
— ¿Dónde vas pequeño? —le preguntó el Zorro con una sonrisa astuta.
— ¡Voy a la escuela! —respondió Pinocho.
— ¡Pero esto es muy aburrido! —dijo Gato—. ¿Quieres ganar mucho dinero sin tener que trabajar? ¡Ven con nosotros al Campo de los Milagros y verás cómo las monedas crecen en los árboles!
Pinocho, que era inocente y se dejaba engañar fácilmente, les siguió. ¡Pero todo era un engaño! Cuando enterró sus monedas en ese campo, no creció árbol mágico. ¡Gato y Zorro le robaron todo lo que tenía y desaparecieron!
Triste y arrepentido, Pinocho volvió a casa, pero por el camino se encontró con el Hada Azul. Cuando ella le preguntó qué había pasado, Pinocho, avergonzado, le contó una mentira. ¡Pero, de repente, su nariz empezó a crecer y crecer!
— Cada vez que digas una mentira, tu nariz se alargará —le advirtió el hada.
Pinocho se asustó y prometió que intentaría ser sincero a partir de ese momento.
Pero Pinocho aún no había aprendido del todo la lección. Más adelante, conoció a un chico llamado Llumanet, que le explicó que iba hacia el País de los Juegos, un lugar donde los niños no tenían que estudiar ni trabajar, sólo jugar y divertirse todo el día.
Pinocho decidió acompañarle. Durante días, gozó de las atracciones, los dulces y las risas. Pero una noche, cuando se miró en el espejo… ¡tenía orejas y cola de burro! ¡Todos los niños que se quedaban demasiado tiempo en aquel lugar mágico se transformaban en burros y eran vendidos en los mercados!
Asustado, Pinocho huyó y volvió a casa. Pero al llegar, ¡Geppetto no estaba! ¡Había salido a buscarlo y, en medio del mar, una ballena gigante se lo había tragado!
Sin pensárselo dos veces, Pinocho se lanzó al mar para buscar a su padre. Cuando encontró la ballena, se dejó tragar para llegar hasta él. Dentro de la barriga de la ballena, se abrazaron emocionados.
— ¡Lo siento, papá! Ahora sé que debería haber escuchado tus consejos.
Ingenioso como era, Pinocho tuvo una idea. ¡Encendió un fuego con maderas que había allí dentro y el humo hizo que la ballena estornudara con tanta fuerza que los expulsó hacia el mar! Nadando y nadando, consiguieron volver a casa sanos y salvos.
Cuando el hada Azul vio que Pinocho había aprendido a ser sincero, bondadoso y valiente, decidió concederle su mayor deseo. Con un toque de su varita, ¡el muñeco de madera se convirtió en un niño de verdad!
Geppetto y Pinocho vivieron felices para siempre, y él nunca más se dejó engañar por las malas influencias.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


