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Una tarde de verano, cuando el sol empezaba a esconderse en el horizonte, cuatro niños se preparaban para una emocionante aventura en la playa de Vilassar de Mar. Tanit, de ocho años y con una imaginación desbordante, encabezaba el grupo. A su lado iban su hermana Isona, de seis, y Pau, compañero de clase de Isona, con quien compartían risas y secretos. Cerraba la comitiva Gerard, el hermano de Pau, de tres años, que observaba el mundo con curiosidad.
Con cestas llenas de bocadillos y las cañas de pescar en la mano, caminaron hacia las rocas del extremo de la playa, donde las olas rompían suavemente. Era un lugar especial que solo ellos conocían, lleno de rincones escondidos y misterios por descubrir.
—¡Cuando lleguemos a las rocas, podemos hacer una cueva! —propuso Tanit, imaginando una fortaleza pirata.
—¡Sí! ¡Y decorarla con conchas! —añadió Isona, soñando con un refugio de tesoros marinos.
Pau, que siempre tenía ideas ingeniosas, sugirió:
—¡Podemos hacer una bandera con algas y colgarla en la entrada!
El pequeño Gerard corría de un lado a otro con su energía inagotable, recogiendo piedras que le parecían mágicas.
Cuando llegaron, el cielo empezaba a teñirse de rosa y naranja. Se pusieron manos a la obra y enseguida construyeron una pequeña cueva de piedras y arena. Tanit e Isona recogieron conchas para decorarla, mientras Pau preparaba con las algas la bandera más bonita que habían visto.
Al terminar, se sentaron en la entrada y contemplaron cómo el sol se fundía con el mar y aparecían las estrellas. Era el momento de empezar a pescar. Cada uno tomó su caña y observó el agua oscura, esperando con paciencia que algún pez curioso picara.
De pronto, Gerard gritó entusiasmado:
—¡Mirad! ¡Allí, en el agua! ¡Una luz azul!
Los cuatro levantaron la vista. Un resplandor azul se acercaba a la orilla. Poco a poco distinguieron una medusa, pero no era una medusa cualquiera: brillaba con una luz mágica que iluminaba el agua a su alrededor.
—¡Qué maravilla! —murmuró Tanit, con los ojos muy abiertos—. Nunca había visto una medusa así.
—Parece que está bailando —dijo Isona, encantada con sus movimientos suaves.
Pau, lleno de curiosidad, quiso saber más:
—Quizá sea una medusa mágica. ¿Y si quiere contarnos algo?
La medusa siguió bailando cerca durante un buen rato, como si quisiera formar parte de su aventura. Los niños la observaron en silencio, maravillados, dejando que la magia del momento los envolviera.
Finalmente se alejó despacio hacia el fondo del mar, dejando un rastro de luz que se apagó poco a poco.
—¡Ha sido la aventura más increíble de todas! —exclamó Isona mientras recogían para volver a casa.
—Sí, y nuestra cueva será el lugar secreto donde siempre recordaremos esta noche —añadió Tanit, sonriendo.
Con el corazón lleno de emociones y los ojos brillantes de alegría, los cuatro emprendieron el regreso, dejando atrás la cueva, las rocas y el mar. Sabían que aquella noche en Vilassar de Mar sería una historia que compartirían siempre, una de esas aventuras que se viven con los amigos de verdad.


