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Había una vez un granjero y su mujer que vivían en una casita en el campo. Su granja era pequeña, pero tenían vacas, cerdos y gallinas, y cultivaban frutas y verduras. Aunque trabajaban de sol a sol, no tenían mucho dinero. Siempre encontraban motivos para ser felices con lo que tenían, pero a veces les costaba llegar a fin de mes.
Una mañana, el granjero fue al gallinero, como todos los días, a recoger los huevos que las gallinas habían puesto durante la noche. Lo hacía con cuidado, porque los huevos servían para alimentarse y vender en el mercado. Pero aquella mañana encontró algo extraordinario: entre los huevos blancos y marrones había uno que brillaba como la luz. Se agachó y, al cogerlo, notó que pesaba mucho. Lo miró de cerca: ¡era de oro puro!
No podía creerlo. Con el corazón latiendo deprisa, corrió a casa y llamó a su mujer:
—¡Mira! ¡Nuestra gallina ha puesto un huevo de oro!
Ella estaba preparando el desayuno, pero dejó lo que hacía y se acercó corriendo. Al ver el huevo brillante, abrió los ojos de par en par.
—¡Un huevo de oro! —exclamó emocionada—. ¡Esto nos hará ricos!
Estaban tan contentos que bailaron y saltaron por toda la casa. Empezaron a imaginar cómo cambiaría su vida. Podrían vender el huevo y ganar mucho dinero. Quizá comprarían una casa más grande, ropa nueva e incluso más animales para la granja.
A la mañana siguiente, el granjero volvió al gallinero esperando los huevos de siempre, pero encontró otro huevo de oro. Cada mañana, la gallina les regalaba uno, y cada mañana se hacían un poco más ricos.
Con el dinero pudieron hacer muchas cosas. Primero arreglaron su casita: pintaron las paredes de colores vivos, compraron muebles y plantaron un jardín lleno de flores. Después compraron ropa y zapatos nuevos. También adquirieron un caballo para ayudar en la granja y algunas vacas más para vender más leche.
Ya no tenían que trabajar tanto. Tenían cuanto necesitaban y vivían mucho más cómodos. Pero, al hacerse más ricos, también se volvieron más ambiciosos. Empezaron a pensar que podrían tener todavía más. Cuanto más dinero tenían, más querían.
Una noche, durante la cena, el granjero pensó en la gallina.
—Si pone huevos de oro todos los días, quizá tenga un gran tesoro de oro dentro —dijo, mirando a su mujer.
A ella le brillaron los ojos.
—¡Tienes razón! Quizá tenga muchos huevos de oro. Si los sacamos todos de golpe, ¡seremos ricos para siempre!
Con aquella idea decidieron matar a la gallina para sacar todo el oro que imaginaban en su interior. Estaban tan entusiasmados que no pensaron en las consecuencias.
Al día siguiente, el granjero tomó la gallina con cuidado. Su mujer lo miraba expectante, segura de que encontrarían un gran tesoro. Sacrificaron al animal, pero al abrirlo descubrieron que no había ningún huevo de oro. Era una gallina como cualquier otra: no escondía tesoro alguno.
Los dos se quedaron mirándola, desolados.
—¿Qué hemos hecho? —dijo el granjero, con lágrimas en los ojos—. Hemos matado a la gallina que nos daba los huevos de oro.
Sin ella ya no recibieron más huevos. Poco a poco se les acabó el dinero y tuvieron que volver a trabajar duramente en la granja. Esta vez no contaban con aquella ayuda que les había permitido vivir cómodamente.
Con el tiempo comprendieron su gran error. La codicia les había hecho perder lo que tenían. Si hubieran seguido cuidando a la gallina y agradeciendo su regalo de cada día, habrían podido continuar viviendo felices. Por quererlo todo de golpe, lo habían perdido.
Aprendieron una lección importante: la paciencia y la gratitud valen mucho más que la codicia. Empezaron a apreciar las cosas sencillas, como la salud, la familia y los amigos. Cuidaron la granja con esmero y trabajaron de nuevo, pero con el corazón agradecido por lo que los hacía felices.
Aunque ya no eran ricos en dinero, descubrieron que la verdadera riqueza estaba en tener amor, paz y alegría en el corazón. Y vivieron felices, cuidando su granja y disfrutando de la vida sencilla y tranquila que habían construido juntos.


