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Hace muchos años, en un pueblo escondido entre montañas y bosques frondosos, vivía un niño llamado Marc. Tenía los ojos llenos de curiosidad y un corazón tan grande como el cielo de noche. Cada noche, cuando aparecían las estrellas, se adentraba en un mundo de sueños y maravillas.
Una noche, mientras observaba el firmamento desde la ventana de su habitación, una estrella brillante llamó su atención. Su luz era tan intensa que parecía llamarlo. Intrigado, decidió seguirla sin imaginar las aventuras que lo esperaban.
Caminó por el bosque encantado que rodeaba el pueblo hasta llegar a un lugar misterioso que nunca había visto. En medio de un claro se alzaba un árbol majestuoso, con hojas que brillaban como diamantes y frutos que desprendían luz. La estrella lo había guiado hasta allí y Marc sintió una atracción irresistible por aquel árbol mágico.
Al acercarse oyó una voz suave que salía de las hojas. El árbol le explicó que podía conceder deseos a quienes creyeran en su magia. Fascinado, Marc preguntó cómo podía demostrar que creía en él.
El árbol respondió que necesitaba ser plantado en un lugar especial donde todos pudieran disfrutar de su magia. Entusiasmado, Marc prometió llevarlo a la plaza del pueblo para que todo el mundo pudiera verlo y creer en él.
Con la ayuda de sus amigos del bosque, plantó el árbol mágico en el corazón del pueblo. En cuanto sus raíces tocaron la tierra, empezó a brillar con una luz radiante que lo llenó todo de alegría y esperanza.
Desde entonces se convirtió en el guardián de las ilusiones del pueblo, ofreciendo luz y esperanza a quienes lo visitaban. Y cada noche, cuando Marc se dormía bajo el manto del cielo estrellado, soñaba con aventuras mágicas sabiendo que su sueño se había hecho realidad.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


