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En un reino mágico rodeado de bosques encantados y montañas cubiertas de niebla vivía una princesa llamada Alba. Mientras otras princesas preferían quedarse en el castillo, peinarse y esperar a un príncipe encantador, Alba deseaba conocer el mundo y vivir aventuras.
Un día, mientras exploraba el bosque que rodeaba el castillo, llegó a un claro donde había una cueva escondida. Movida por su curiosidad, entró y encontró a un gran dragón llamado Temut. Sus alas eran de color fucsia y sus ojos, grandes como lunas llenas. No se parecía en nada a la bestia aterradora que temían los habitantes del reino.
Aunque imponía por su tamaño, Alba percibió enseguida su tristeza. Temut le contó que llevaba años aislado porque las demás criaturas lo rechazaban por su aspecto. A pesar de su reputación, era un ser solitario y asustadizo que deseaba tener compañía.
Sin vacilar, Alba prometió ayudarlo a superar sus miedos y a demostrar que merecía la pena conocerlo más allá de su apariencia. Juntos emprendieron emocionantes aventuras por el reino, desenterrando secretos antiguos y descubriendo lugares mágicos que nunca habían visto.
Sin embargo, el camino no fue fácil. Circulaban tantas historias sobre dragones feroces que la gente se negaba a aceptar que Temut no suponía una amenaza. Además, un malvado hechicero, celoso de su amistad, intentó enfrentarlos mediante trucos y engaños.
A pesar de las dificultades, Alba y Temut se mantuvieron unidos. Con el tiempo se ganaron el respeto y la admiración de los habitantes, demostrando fuerza, valor y comprensión. Finalmente aparecieron juntos en el gran festival anual y conquistaron los corazones del pueblo con su amistad. Habían demostrado que la verdadera belleza está en el interior.


