Vermell era un paraguas muy bien educado. Se abría cuando llovía, se cerraba cuando salía el sol y nunca pellizcaba ningún dedo.
Pero estaba cansado de ir siempre hacia delante.
Una mañana empezó a caminar hacia atrás.
—¡Te equivocas de camino! —le decían.
—Quizá —respondía—, pero ¿cuántas cosas veis vosotros cuando ya han pasado?
Caminando hacia atrás, Vermell encontró una bufanda que se había caído de un cochecito.
Vio una puerta que alguien había dejado abierta.
Descubrió un beso que iba volando y no había llegado a ninguna mejilla.
También notó que un perrito les seguía desde hacía tres calles.
—¡Se ha perdido! —exclamó la niña que llevaba el paraguas.
Retrocedieron hasta encontrar a un anciano que buscaba al perro bajo la lluvia.
—Gracias —dijo el anciano—. Si hubierais seguido adelante, no lo habríais visto.
Desde entonces, Vermell caminaba hacia delante los días de prisas y hacia atrás los días importantes.
Y la niña aprendió que, a veces, avanzar también significa volver a mirar.


