El mercado aparecía sólo las noches en las que alguien deseaba recordar algo que no había ocurrido.
Jan lo encontró tres meses después de la muerte de su padre. Había salido a andar porque en casa todo hablaba demasiado fuerte: los zapatos bajo el banco, la taza agrietada, una chaqueta que aún conservaba su olor.
Al final de una calle que conocía bien había una escalera que nunca había visto. La bajó y llegó a una plaza llena de puestos.
«Primeros besos que no se atrevieron a dar.»
«Victorias de partidos que perdió.»
«Palabras perfectas para discusiones ya terminadas.»
En la última parada, una mujer vendía recuerdos familiares.
—¿Buscas a alguien? —preguntó.
—Mi padre.
La mujer abrió un cajón. Dentro había cientos de botes con luces pequeñas.
—Tengo tardes de pesca, viajes en tren, conversaciones sin prisas. ¿Qué recuerdo querrías haber vivido?
Jan pensó en todas las ocasiones en que su padre llegaba tarde de trabajar. En las preguntas que no le había hecho. En la última semana en el hospital, cuando ambos hablaban del tiempo porque la verdad daba miedo.
—Un día entero en la montaña —dijo.
La vendedora le dio un bote verde.
—¿Cuál es el precio?
—Un recuerdo auténtico. El mercado no acepta dinero.
Jan pensó que tenía muchos. Entregó el recuerdo de un martes cualquiera: papá lavando platos y cantando mal una canción.
Cuando abrió el bote, recordó una excursión perfecta. Papá caminaba a su lado, sabía el nombre de todos los pájaros y le decía exactamente las palabras que Jan necesitaba oír.
Volvió al mercado la siguiente noche.
Compró un cumpleaños sin discusión alguna y pagó con el recuerdo de ambos intentando montar una estantería torcida. Compró una conversación sincera y entregó una tarde silenciosa en el sofá. Compró unas vacaciones en el mar a cambio del recuerdo de una avería en la autopista.
Los nuevos recuerdos eran brillantes, completos y suaves. En ninguno de ellos el padre estaba cansado, impaciente o ausente.
Pero una tarde, la madre señaló la taza agrietada.
—¿Te acuerdas de cuando papá la rompió bailando contigo en la cocina?
Jan no lo recordaba.
Buscó la canción que el padre cantaba mal. No sabía su melodía. Miró la estantería torcida y le pareció un mueble comprado en cualquier tienda.
Volvió corriendo al mercado.
—Quiero deshacer los cambios.
La vendedora negó con la cabeza.
—Los recuerdos auténticos no pueden fabricarse de nuevo.
—¿Pero todavía los tienes?
La mujer señaló las paradas. Otras personas compraban fragmentos de vidas perfectas. Quizá alguien se llevaba en ese momento la tarde de los platos o el silencio del sofá.
Jan sintió una enorme rabia.
—Vendes mentiras.
—Vendemos lo que la gente prefiere a la verdad —respondió ella—. Ésta es la diferencia.
Jan sacó de la mochila todos los botes que aún no había abierto.
—¿Qué puedo recuperar a cambio de esto?
La vendedora los examinó.
—No los recuerdos enteros. Quizás algunas migajas.
Jan aceptó.
Al volver a casa, no recuperó las escenas, pero sí cosas pequeñas: el ritmo de una canción desafinada, la sensación de un hombro a su lado, la carcajada después de ver la estantería inclinada.
Lo escribió todo antes de que volviera a desaparecer.
Después pidió a su madre, a los tíos y a los amigos del padre que le contaran historias. No coincidían siempre. En algunas, el padre era generoso; en otras, terco. A veces había acertado y a veces había hecho daño.
Con esos fragmentos, Jan no construyó un recuerdo perfecto. Construyó una persona.
El mercado no apareció de nuevo. Pero algunas noches, cuando deseaba una conversación que ya no podía tener, Jan abría el cuaderno.
No encontraba las palabras que su padre habría dicho. Encontraba algo menos perfecto y mucho más valioso: todo lo que todavía era cierto.


