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Había una vez una docena de huevos que estaban en la nevera de Martí.
Martí es un niño de 7 años, curioso y con ganas de aprender.
Estos huevos nunca salían del frigorífico, estaban siempre aburridos de no poder salir de allí ni ver mundo.
Un día Martí estaba preparando el material para realizar un experimento, ya que se quería presentar a una feria de ciencias que organizaba su escuela.
Preparó un vaso de precipitados lleno de vinagre, pero se dio cuenta de que le faltaban algunos ingredientes y salió a comprarlos.
Martí dejó el vaso de precipitados en la nevera, y como su nombre indica, Pip, un huevo valiente que quería acompañar a Martí para ver mundo, se precipitó sin remedio, ¡pero cayó al vaso!
— Glup, glup… ¿qué es esto? —dijo Pip asustado.
El vinagre empezaba a hacer cosquillas en su cáscara. Pip tenía miedo.
— ¡No puedo salir! ¡No tengo patas! ¡No tengo manos! —exclamaba.
Pasaron dos días. La cocina estaba en silencio, sólo se oían las burbujas… glup glup glup.
No le dolía, ¡era como un baño de burbujas!
Pip se sentía solo, pensaba en los otros huevos, sus amigos.
Poco a poco, notó algo raro. Su cáscara ya no era duro. Era suave, como de goma.
– ¿Qué me está pasando? -se preguntaba.
Cuando Martí llegó, vio el vaso de precipitados.
— ¡OH! Un huevo dentro del vinagre —dijo sorprendido.
Con mucho cuidado, lo sacó y lo lavó con agua.
Pip ya no tenía cáscara duro. Era transparente. ¡Se podía ver un poco lo que tenía dentro!
Martí lo volvió a poner en la huevera con los otros huevos.
— ¡Miradlo! ¡Es raro!
— ¡No tiene cáscara!
— ¡Parece de plástico! — susurró uno de los huevos.
Pip se puso triste, quería volver a ser como antes.
Pero de repente, mientras intentaba moverse… dio un pequeño bote sin querer.
Y…
¡Boing! Boing…
Todos los huevos callaron y quedaron boquiabiertos.
¡Boing! ¡Boing!
¡Podía saltar!
Los otros huevos no podían, pero él sí.
En aquel cuento, Pip daba pequeños botes sin romperse; aun así, su membrana era delicada.
El ácido acético del vinagre había reaccionado con el carbonato de calcio de la cáscara y la había disuelto. Quedaba la membrana interior, flexible y delicada: por eso Pip parecía distinto.
Ahora los huevos ya no se reían.
— ¿Cómo lo has hecho? – preguntaron.
Pip explicó todo lo que le había pasado dentro del vaso de precipitados. Las burbujas, el miedo, las horas solo, el vinagre que le había quitado el cáscara duro…
— ¡Yo también quiero ir al vinagre! —dijo un huevo.
— ¡Yo también! —dijeron otros.
Pip pensó un momento.
—No todo ha sido divertido —dijo con voz suave. He tenido miedo. Me he sentido solo, y he cambiado sin quererlo.
Los huevos dejaron de hablar.
Pip continuó.
— Ser distinto no es malo. Pero tampoco es necesario cambiar para ser como otro.
Los huevos entendieron que se habían reído sin pensar.
—Perdona, Pip —dijeron.
Desde ese día, ya nadie se burló de nadie. Cada huevo era diferente: unos más grandes, unos más pequeños, unos blancos, unos marrones…
Y Pip, el huevo transparente que podía saltar, aprendió que a veces las cosas que nos hacen diferentes también nos hacen especiales.
Y si algún día oís un pequeño “boing” en la cocina, ¡quizá sea Pip dando un salto feliz!
Escrito por:
Nerea Rosell, Carla Moriche, Samuel Román y Judit Rovira
Instituto de Vic
Departamento de química
Curso 2025-2026
QUD0 Laboratorio de análisis y control de calidad
Agradecimientos:
Grupo artístico Dibuixem Manlleu y a Glòria Llobet y Assumpta Torrents.










