En una hoja de papel blanca vivía una mancha negra.
—¿Qué soy? —preguntaba.
Intentó ser una hormiga. Pero carecía de patas.
Intentó ser una pelota. Pero no era del todo redonda.
Intentó ser una noche. Pero era demasiado pequeña.
La mancha se encogió en un rincón.
Entonces llegó una línea azul.
—Yo soy un río —dijo.
Luego llegó un triángulo verde.
—Yo soy una montaña.
Y un puñado de puntos amarillos susurró:
—Nosotros somos pueblos con las luces encendidas.
—¿Y yo? —preguntó la mancha.
El río la rodeó. La montaña se acercó a ella. Los pueblos formaron un camino hasta su orilla.
—Tú eres la isla a la que queremos llegar.
La mancha miró la hoja. Ya no estaba vacía: era un mapa.
Y en medio del mapa, sin cambiar nada, ella indicaba un sitio nuevo.


